Opinión / 6 de enero de 2012

Cristina descansa, Boudou ajusta

Ilustración: Pablo Temes.

Los europeos están preparándose para hacer frente a un año durísimo: la canciller alemana Angela Merkel dice que el 2012 será peor que el 2011; según el presidente galo Nicolas Sarkozy, “será el año de todos los riesgos y todos los peligros”. Aun más pesimistas, si cabe, son los italianos, españoles y griegos: temen que los buenos tiempos se han ido para siempre, que nunca más disfrutarán de la prosperidad de antes. Es probable que tengan razón: su futuro se ve bloqueado por su incapacidad evidente para competir exitosamente con los alemanes, y ni hablar de los chinos y otros asiáticos que están apropiándose de sectores industriales cada vez más amplios.    ¿Y los argentinos, felices habitantes de un país blindado en que, para regocijo de los hoteleros, proliferan los feriados alargados por “puentes”, el consumo se ve estimulado por un gobierno caritativo, la energía cuesta casi nada y abundan los subsidios para virtualmente todo, una zona en que, para más señas, la señora Presidenta ha declarado repetidamente que nunca jamás se le ocurriría pensar en algo tan inenarrablemente feo como un ajuste? ¿Seguirán prosperando mientras el resto del planeta, martirizado por neoliberales tan insensatos como sádicos, se hunda en una nueva Gran Depresión?

Por desgracia, no existen demasiados motivos para creerlo. Puede que en el mundo mágico del relato presidencial siga la fiesta, pero fuera de aquel enclave privilegiado el ajuste ya ha comenzado y todo hace prever que será brutal. Mal que les pese a los cristinistas, su hora de triunfo ha coincidido con el comienzo de una etapa de repliegue al agotarse los recursos precisos para que siga la expansión.

Lo entenderá el presidente interino Amado Boudou. Si bien el rockero de la sonrisa fácil y las definiciones contundentes ha abjurado de la herejía neoliberal de sus años mozos, no le habrá sido dado olvidar por completo lo que le enseñaron los sacerdotes de dicho culto antinacional y antipopular cuando era un estudiante universitario y, después, cuando militaba con fervor en las huestes de Álvaro Alsogaray. Por lo menos, sabrá que no conviene desafiar por mucho tiempo las duras leyes matemáticas que, en el fondo, son neoliberales.