Opinión / 12 de enero de 2012

El caso de la enfermedad que no fue

Reina maga. El falso cáncer que le diagnosticaron a la Presidenta alarmó a la sociedad. Ahora los comunicólogos K hablan de un milagro.

Ilustración: Pablo Temes.

Puesto que la afición por las teorías conspirativas de la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y quienes forman parte de su círculo áulico está compartida por buena parte de la población, fue de prever que aquel ya mundialmente famoso “falso positivo” o, si se prefiere, “no positivo”, estimularía un sinfín de especulaciones de la más variada especie. En un país en que todos los gatos tienen por lo menos cinco pies y cuanto sucede es forzosamente el resultado de “una mano negra”, una “operación política” o “una campaña de prensa”, no pudo sino provocar desconcierto el anuncio oficial de que la mandataria más poderosa de los tiempos últimos se vio amenazada por una enfermedad temible, seguido poco después por otro igualmente oficial de que solo se trataba de un susto.

Puede que nadie se haya equivocado y que, como nos aseguran los voceros gubernamentales, suele darse un “falso positivo” en el dos por ciento de los casos, de suerte que lo que ocurrió a Cristina no fue tan raro como suponen los legos, razón por la que sería absurdo hablar de mala praxis. También es posible que, por las dudas, siempre sea mejor extirpar la glándula tiroides si se detecta en ella un nódulo sospechoso, obligando al paciente a tomar pastillas compensatorias por el resto de sus día, aun cuando escaseen los motivos para creerlo canceroso.

Así y todo, es innegable que los comunicólogos del Gobierno se las arreglaron para manejar con torpeza lo que, conforme a la información disponible, pudo haber sido un malentendido. Hasta aquellos “militantes” que rezaron fuera del Hospital Austral, flanqueados por imágenes de Cristo y la Virgen de Luján, para que la Presidenta se recuperara pronto se habrán sentido un tanto incómodos por el desenlace milagroso del drama en que a su manera participaban.