Opinión / 27 de enero de 2012

Una dosis de fervor malvinense   

Historia repetida. Thatcher, Blair, Cameron y Galtieri. El conflicto de Las Malvinas vuelve en forma cíclica y ahora entretiene al kirchnerismo.

Ilustración: Pablo Temes.

Haciendo gala de la delicadeza diplomática que siempre ha sido una de las características más entrañables del kirchnerismo, distintos voceros oficiales no vacilaron un solo minuto en amonestar, con la virulencia indicada, al primer ministro David Cameron y el ministro de Asuntos Exteriores, William Hague, del nido de piratas que se llama el Reino Unido por calificar, con insolencia insoportable, de “colonialista” e “intimidatoria” la actitud del gobierno de Cristina hacia los malvinenses. Amado Boudou, Florencio Randazzo, Héctor Timerman y muchos otros coincidieron en que Cameron, Hague y sus cómplices son “ignorantes torpes”, además de “mentirosos” que ni siquiera se han dado el trabajo de familiarizarse con la historia de su propio país y por lo tanto no tienen derecho alguno a opinar sobre lo que sucede en esta parte del mundo.  Aunque tanto desprecio puede entenderse, ya que no cabe duda de que los políticos argentinos, en especial los peronistas, son mucho más cultos, prolijos, honestos y, desde luego, progresistas que los malditos conservadores británicos, se trata de una forma un tanto extraña de invitarlos a reanudar, después de un intervalo prolongado, las negociaciones en torno al futuro del archipiélago con la esperanza de alcanzar una solución mutuamente aceptable.

¿Es lo que realmente quieren Cristina y sus subordinados? Claro que no. Para ellos, el conflicto es un fin en sí mismo. Si bien les encantaría anotarse un triunfo fácil a costillas de lo que aún queda del antes hegemónico imperio, a esta altura sabrán que es muy escasa la posibilidad de que un gobierno británico abandonara a su suerte a los isleños que, por motivos inexplicables, no quieren ser argentinos y, según parece, son totalmente inmunes al carisma arrollador de la presidenta. Por cierto, no les seduce la idea de verse incorporados a sus dominios.

Asimismo, aunque el destino de las Malvinas no ocupa un lugar prioritario en la lista de preocupaciones de Cameron, ni a él ni a ningún otro político británico les sería dado olvidarlas por completo. A su modo, ellos también son nacionalistas.  Por lo tanto, no sorprendería que el diferendo persistiera hasta que las fronteras nacionales hayan desaparecido por completo o se hayan modificado hasta tal punto que el mapamundi no se parezca para nada al actual.

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