Opinión / 16 de marzo de 2012

Para que todo siga igual

Lazos de familia. Aunque no hay un vínculo genético entre menemistas y kirchneristas, ambos comparten códigos políticos.

Ilustración: Pablo Temes.

Ya se sabe, los malditos medios gorilas están llenos de “discípulos del tristemente recordado Joseph Goebbels, diputado y periodista de los nazis”. Pudo haberlo dicho Cristina la semana pasada cuando embestía una vez más contra comentaristas malévolos que se niegan a aplaudirla con el entusiasmo debido, pero se trata de una de las muchas declaraciones en tal sentido que formuló hace tres lustros Carlos Menem, mandatario cuya actitud frente a los medios, empezando con Clarín, que se animaban a criticarlo era idéntica a la de la Presidenta actual y, claro está, de su marido que, por cierto, nunca se destacó por su amplitud de miras. No sorprendería en absoluto, pues, que para descalificar a quienes se permiten criticar su gestión, Cristina los tildara de forajidos, facinerosos, delincuentes, terroristas y hasta genocidas, epítetos estos favorecidos por Menem cuando se refería a la maldad periodística.

Parecería que, por su condición de militantes de un movimiento que fue fundado por un filonazi notorio, a los líderes peronistas les resulta irresistible aprovechar cualquier pretexto, por arbitrario que fuera, para acusar a sus adversarios de comulgar con el hitlerismo. La semana pasada, Cristina vilipendió a Osvaldo Pepe de Clarín por haber aludido a “un gen” montonero, juego de palabras inocente que le “pareció muy nazi”, y a Carlos Pagni de La Nación, por señalar que un funcionario de su gobierno (Axel Kicillof, según el diario, un mohicano marxista, aunque se afirma keynesiano) es bisnieto de “un rabino legendario”, alusión en que, por motivos difícilmente comprensibles, la Presidenta y la DAIA detectaron “cierto tufillo antisemita”.

Si bien a nadie, ni siquiera a un nazi, se le ocurriría plantear la posibilidad de que Cristina y Menem compartan la misma herencia genética, no cabe duda de que forman parte de la misma familia cultural, la misma tribu política, razón por la cual tienen muchos rasgos en común. Los dos son autoritarios pragmáticos, nómadas ideológicos que saben adaptar sus puntos de vista a las circunstancias imperantes; pueden hacerlo con facilidad pasmosa porque, felizmente para ellos, el peronismo es “un sentimiento” y por lo tanto infinitamente flexible.