Opinión / 20 de abril de 2012

La camporización del petróleo

Algunos lo llaman el “oro negro”; otros, más perspicaces, prefieren llamarlo “el excremento del diablo”. Lo tratan así no por el olor que despide sino por los efectos deletéreos que suele tener sobre las mentes de quienes ven en él la solución de todos sus problemas. Sucede que, con la excepción solitaria de Noruega, los países que dependen del petróleo para el grueso de sus ingresos están dominados por pequeñas elites espectacularmente corruptas que mantienen anestesiada a una multitud de pobres con subsidios de diverso tipo a través de redes clientelares y dosis esporádicas de fervor nacionalista. Por fortuna, la Argentina no es un país petrolero pero, así y todo, muchos se sienten fascinados por la sustancia que, de resultas de una extraña alquimia, ha llegado a simbolizar para ellos las esencias patrias y que, debidamente recuperada, garantizaría el esquivo destino de grandeza que creen merecer, además, claro está, de muchísimo dinero.
Por tales motivos, y también, dicen, porque regresó de la Cumbre Panamericana que se celebró en Cartagena de Indias muy pero muy enojada por la negativa de Barack Obama a sumarse a la cruzada malvinera –lo que lo hubiera obligado a poner fin a la alianza estratégica con el Reino Unido–, y por la actitud a su juicio hostil del presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, que días antes le había recordado que estaba decidido a defender con el vigor exigido por las circunstancias los intereses económicos de su país en la Argentina, el lunes 16 Cristina declaró expropiada la mitad y pico de YPF, lo que, como no pudo ser de otra manera, motivó el júbilo de la claque ruidosa que la acompaña en tales ocasiones y que la felicitó por asestar un golpe contundente contra el colonialismo ibérico. Según parece, Cristina da por descontado que, reconquistada así “la soberanía” en materia de hidrocarburos, la producción nacional de crudo y gas no tardará en pegar un salto, lo que sería suficiente como para ahuyentar el espectro de una crisis energética de dimensiones alarmantes que tanto preocupa a los agoreros de siempre.

Será así? Muchos lo dudan. Tienen sus motivos. En opinión de los escépticos, YPF terminará como Aerolíneas Argentinas, una empresa que en principio podría ser viable pero que caerá víctima de la impericia de una banda de improvisados voraces elegidos por razones exclusivamente políticas, cuando no por tratarse de amigos o parientes de quienes disfrutan del favor presidencial. Puede que los muchachos de La Cámpora sean tan leales a Cristina como ella supone pero, mal que le pese, el fervor ideológico que presuntamente los anima no compensa por la falta evidente de capacidad administrativa que es una de sus características más notables.
No sorprendería, pues, que, luego de hacer un aporte significante a la caja presidencial, YPF resultara ser un nuevo agujero negro, como era antes de la privatización por obra del “mejor presidente de la historia” que en los años noventa festejaron, con entusiasmo desbordante, Néstor Kirchner y su esposa. De todos modos, para impedir que el estilo heterodoxo de manejar empresas de Axel Kicillof y compañía merezca los reparos de quienes, en teoría por lo menos, deberían controlar lo que sucede en las dependencias públicas, Cristina aseguró que YPF no sería “un modelo de estatización” sino uno de “sociedad anónima” de “conducción profesionalizada”. Se entiende: el proyecto de Cristina no es estatista, como afirman los malintencionados, sino netamente capitalista, siempre y cuando los capitalistas sean sus subordinados.

El regreso atropellado del nacionalismo petrolero se ha visto facilitado por el descubrimiento, por YPF, de un depósito gigantesco de shale oil en Neuquén que, según los especialistas, bien explotado podría valer centenares de miles de millones de dólares. Con todo, si bien para Cristina y sus amigos de la Cámpora, la tentación planteada por el yacimiento Vaca Muerta habrá sido irresistible, transformar lo que se encuentra en el esquisto neuquino en dinero contante y sonante no será tan sencillo como parecen imaginar. Para empezar, será necesario invertir muchísima más plata de lo que tienen. También lo será contar con la colaboración de auténticos profesionales que, desde luego, no abundan en las filas camporistas o en las reparticiones del Estado nacional. Además, los procesos utilizados para extraer el petróleo y gas de las rocas –“fracking”– ocasionan aún más problemas medioambientales que la minería a cielo abierto; entre otras cosas, provocan terremotos, razón por la que en los países más avanzados en el rubro, los Estados Unidos y el Reino Unido, los ecologistas, partidarios ellos de los molinos de viento y los paneles solares, se han puesto en pie de guerra. Aunque es factible que en el futuro el shale oil, es decir, del petróleo “no convencional”, combinado con el que con toda seguridad aún yace en el subsuelo del país y por debajo de las aguas del mar territorial, sirva para engordar las arcas gubernamentales, tendrían que transcurrir algunos años antes de que empezara a hacerlo. Mientras tanto, tendremos que continuar importando combustible a precios fijados por los caprichosos mercados internacionales; el año pasado, las compras costaron casi 10.000 millones de dólares, y se estima que este año será preciso gastar más de 14.000 millones.
Los responsables de la transformación, en un lapso muy breve, de la Argentina exportadora de energía en un país obligado a importarlo a por mayor son, huelga decirlo, los kirchneristas, los que en un alarde de insensatez se las ingeniaron para estimular el consumo y desaconsejar la producción. El lunes, Cristina, al hablar como si acabara de encargarse de un país arruinado por los errores imperdonables perpetrados por un gobierno anterior, trató de hacer pensar que todo se debió a la codicia de los españoles de YPF, pero solo sus admiradores incondicionales habrán tomado en serio sus afirmaciones en tal sentido.
Sea como fuere, por un rato, acaso un rato muy largo, no solo los inversores extranjeros sino también los argentinos que, claro está, suelen confiar todavía menos en las bondades del gobierno de turno que los desacostumbrados a las excentricidades que aquí son rutinarias, vacilarán mucho antes de arriesgarse en el maltrecho sector energético o en otros. Si antes de la expropiación de buena parte del paquete accionario de Repsol y la expulsión expeditiva de sus representantes de la sede de la empresa en Puerto Madero, la Argentina se encontraba en la lista negra de los financistas más influyentes del mundo, de ahora en más será, como dijo hace poco un funcionario español, “un apestado”, un paria internacional.

Por motivos comprensibles, los españoles han reaccionado con furia frente a lo que toman por el robo de las acciones de su petrolera emblemática por una banda de saqueadores. Quieren venganza: están resueltos a librar una guerra de guerrillas despiadada contra la Argentina en los tribunales internacionales, en los mercados y en agrupaciones como el G-20 del que, merced a los buenos oficios de Francia, pueden participar sin que su país sea un miembro pleno. Desde su punto de vista, no es cuestión de un mero revés comercial de la clase que a menudo tienen que soportar los aguerridos hombres de negocios, sino de un ataque artero contra la “madre patria” por parte de un gobierno populista, de facciones bolivarianas, que, a cambio del apoyo que le brindó cuando más lo necesitaba, ha aprovechado la oportunidad provista por la crisis económica gravísima que está devastando la periferia de la Eurozona para apuñalarla por la espalda. No lo olvidarán jamás.
En el conflicto que acaba de estallar, España tiene asegurado el apoyo de sus socios de la Unión Europea y de los Estados Unidos; de forma un tanto críptica, pero así y todo amonestadora, la secretaria de Estado Hillary Clinton señaló que los distintos países “tienen que justificar sus decisiones y deberán vivir con ellas”. En otras palabras: la reconquista de YPF tendrá consecuencias. Aunque algunos empresarios de espíritu aventurero, entre ellos ciertos chinos, se sientan tentados a sacar provecho de las desgracias ajenas para probar suerte en la Argentina, hasta los más osados entenderán que aquí no hay nada que se parezca a la seguridad jurídica, que todo depende de los antojos de una Presidenta notoriamente caprichosa que se ha rodeado de adulones y de ideólogos agresivos de experiencia práctica limitada, y que por lo tanto podrían perder todo en cualquier momento. Para Cristina y para sus compañeros de ruta, tales detalles carecerán de importancia; les encanta redoblar las apuestas y, al fin y al cabo, ellos mismos no tendrán que pagar los costos de una prolongada sequía inversora, privilegio este de la mayoría abrumadora de los habitantes del país que depende por completo de la evolución de la economía nacional pero que, a juzgar por una larga serie de resultados electorales, por lo común presta más atención a las intenciones que se atribuyen los dirigentes políticos que a los resultados concretos de lo que efectivamente hacen. A menos que las repercusiones se hagan sentir en seguida, en el corto plazo Cristina y los suyos se verán beneficiados por la toma de YPF. ¿Y en el mediano? Puesto que nunca se han preocupado por lo que podría suceder en un futuro forzosamente brumoso, el tema los tiene sin cuidado.

* PERIODISTA y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.