Opinión / 4 de junio de 2012

Tésis

La soledad de la reina Cristina

Ilustración: Pablo Temes

Muy poco queda de la euforia triunfalista que sintieron los kirchneristas apenas medio año atrás cuando se creyeron los amos del universo. Casi todo el poder político sigue en manos de Cristina, eso sí, pero la Presidenta ya se sabrá impotente para frenar el avance inexorable de una crisis económica que amenaza con demoler el “modelo” que, según ella, ha transformado la Argentina para siempre, liberándola de un pasado repleto de frustraciones y preparándola para hacer frente a los desafíos planteados por “un mundo que se desmorona”. No ha dejado de reivindicar en tono épico su propia gestión y la de su marido difunto, pero en su fuero interior no puede sino comprender que solo se trata de palabras, de aspiraciones que el tiempo ya ha devorado, de ahí la alusión, para algunos sorprendente, que hizo el 25 de mayo en Bariloche, a lo ineludible que es “transferir la posta” porque en esta vida nada es eterno.

¿Transferir la posta? De insinuarlo otro –Daniel Scioli, digamos–, los escuderos fieles de Cristina estallarían de indignación. Lo tomarían por evidencia contundente de que ya está en marcha una conspiración oligárquica, urdida por una junta maligna de generales mediáticos que fantasean con devolver el país a la oscuridad prekirchnerista. Es que conforme al credo oficial, Cristina no cuenta con sucesores. Tiene que ser eterna. Sin ella, el kirchnerismo se rompería en una multitud de fragmentos. El proyecto se desintegraría. He aquí una razón por la que sus simpatizantes se sienten obligados a colmarla de poderes, homenajeándola en toda oportunidad, actitud que, además de reflejar el grado realmente asombroso de irresponsabilidad de sus partidarios, le impide gobernar con un mínimo de eficacia. Pensándolo bien, la obsecuencia sistemática equivale a traición.