Opinión / 15 de junio de 2012

Por quién doblan las cacerolas

Ilustración: Pablo Temes.

Si solo fuera cuestión de cacerolazos oligárquicos, de una manifestación burda de algunas docenas de porteños de clase media alta tan poco patrióticos que prefieren el dólar yanqui al peso nacional, como nos aseguran los emotivamente comprometidos con lo que a pesar de todo aún toman por un “proyecto” progresista, Cristina y sus soldados no tendrían demasiados motivos para preocuparse, pero mal que les pese se trata de algo que es mucho más ominoso.

Aproximadamente veinte mil personas ya han participado de los cacerolazos que se han celebrado tanto en la Ciudad de Buenos Aires como en distintas ciudades del interior del país; si el Gobierno persiste en llamar la atención al desprecio que sienten sus integrantes por quienes no comparten sus puntos de vista, pronto podrían hacerlo cien mil o más, tal vez muchas más. En tal caso, el país, que no cuenta con las estructuras institucionales firmes que le permitirían minimizar los riesgos planteados por los problemas sociales y económicos que se avecinan con rapidez desconcertante, se precipitaría en una crisis política peligrosa.

No bien se frenó la expansión económica que durante años había servido para anestesiar a la ciudadanía, comenzaron a aparecer los focos de rebelión que tienen en vilo a los acostumbrados a repartir su tiempo entre la Casa Rosada, la Quinta de Olivos y diversos lugares del sur patagónico. La Argentina dejó hace mucho de ser un “país de clase media”, pero lo que todavía queda de tal sector no está dispuesto a entrar dócilmente en esa buena noche de la que hablaba Dylan Thomas. Los porteños, rosarinos, cordobeses y otros que están saliendo a la calle para protestar contra el Gobierno, sospechan que los kirchneristas se han propuesto privarlos de la posibilidad de defenderse contra individuos que no vacilan en jactarse de su insaciabilidad, de ahí las manifestaciones que, para alarma de Cristina y sus colaboradores más sensatos, parecen destinadas a cobrar dimensiones impactantes en los meses próximos.

Aunque no cabe duda de que los cacerolazos son una consecuencia directa del empeoramiento repentino de la situación económica, los manifestantes llevan pancartas con consignas en contra de la corrupción, Amado Boudou, la subordinación al Gobierno de la Justicia, la inequidad y otros síntomas de males que hasta hace poco parecían preocupar solo a un puñado de moralistas despistados, dando a entender así que sus inquietudes distan de ser meramente pecuniarias. Acusarlos de hipocresía es fácil. También lo es lamentar que la mayoría se haya habituado a considerar normales los atropellos del oficialismo de turno con tal de que la prosperidad parezca estar a la vuelta de la esquina; por desgracia es así en casi todos los países en que la corrupción es endémica. Lo de “roban pero hacen” presupone una especie de contrato entre los gobernantes y los gobernados; a cambio de su voluntad de tolerar las transgresiones de los coyunturalmente poderosos, estos creen merecer cierto bienestar económico.