Opinión / 22 de junio de 2012

Ajuste a la europea

Ilustración: Pablo Temes.

Una razón por la que el modelo de Cristina está cayendo en pedazos es que a menudo parece que la Argentina cuenta con al menos cuatro ministros –uno de jure, otros de facto– de Economía. La Eurozona tiene 17, todos tan quisquillosos como cualquier militante cristinista resuelto a hacer trizas de los enemigos de lo nacional y popular, de suerte que no sería demasiado sorprendente que el bloque sufriera el mismo destino. Si bien por fin muchos líderes europeos han llegado a la conclusión de que una moneda común no sería viable sin un gobierno económico ídem, y que por lo tanto lo que han hecho equivale a construir una casa comenzando con el techo, se resisten a abandonar el proyecto por miedo a las consecuencias que, según casi todos, serían calamitosas. Así, pues, las perspectivas frente a los europeos de la “periferia” sureña son sombrías. En el mediano plazo, también lo son para sus socios del norte; aun cuando logren superar las dificultades que les supondrán las vicisitudes escalofriantes del euro que los mantendrán en vilo por mucho tiempo más, les esperarán otras todavía más penosas de origen demográfico.

A menos que Europa se recupere muy pronto, no lo hará jamás  porque está convirtiéndose con rapidez desconcertante en un hospicio geriátrico: en Italia y Alemania, ya hay aproximadamente 150 personas de más de 65 años por cada 100 menores de 15. De tratarse de la negativa a reproducirse de una tribu amazónica, los antropólogos lo tomarían por un caso de suicidio colectivo atribuible a la incapacidad de gente de tradiciones primitivas de incorporarse a la civilización moderna.

De todos modos, hoy en día la Eurozona se parece a una treintena de toboganes que corren cuesta abajo a una velocidad creciente. Uno, el ocupado por los griegos, ya ha chocado varias veces contra el de los alemanes. Detrás de los griegos vienen vehículos tambaleantes en que viajan españoles, italianos, portugueses y franceses. Por ahora, los británicos se sienten a salvo, ya que su país no forma parte de la Eurozona, y los alemanes, orgullosos de su rectitud fiscal, se limitan a quejarse de la irresponsabilidad ajena, pero su propia situación dista de ser tan buena como les gustaría suponer; la disolución de la Eurozona asestaría un golpe tremendo a las exportaciones de Alemania, eventualidad ésta que sus gobernantes preferirían pasar por alto.

La campaña electoral griega que culminó el domingo pasado con el triunfo nada impresionante del partido conservador Nueva Democracia de Antonis Samaras, que consiguió el 30 por ciento de los votos, sobre la coalición izquierdista Syriza del joven Alexis Tsipras, el equivalente helénico de nuestro Axel Kiciloff, que tuvo que conformarse con el 27 por ciento, nos dijo mucho sobre lo que está pasando no sólo en la atribulada Grecia sino también en el resto de Europa. Aunque con escasas excepciones los griegos insisten en que quieren que su país siga formando parte de la Eurozona, la mayoría abrumadora se afirma en contra de los ajustes económicos que le permitirían quedarse.