Opinión / 29 de junio de 2012

La bella y la bestia

El camionero que llenó la Plaza de Mayo en desafío al Gobierno es una creación de Cristina y su difunto marido. Se les fue de las manos.

Ilustración: Pablo Temes.

De haber decidido Cristina hacer de Hugo Moyano su enemigo principal en vísperas de las elecciones de octubre pasado, hubiera triunfado por un margen aun más espectacular que el supuesto por aquel antológico 54 por ciento merced al apoyo de sectores muy amplios de la clase media que veían en el camionero lo peor del sindicalismo peronista. Pero desde entonces mucho ha cambiado. Al deslizarse la economía hacia una recesión que podría resultar ser mucho más profunda de lo que vaticinan hasta los gurúes ortodoxos más rencorosos y hacer gala los encargados de manejarla de un grado apenas concebible de torpeza, Cristina está perdiendo popularidad con rapidez alarmante.

Mientras tanto, sin tener que esforzarse demasiado o modificar su estilo retórico tosco, Moyano ha dejado de ser la bestia negra de la imaginería de la gente bien para metamorfosearse en algo parecido a un defensor de instituciones republicanas amenazadas por un gobierno insaciable e inescrupuloso que va por todo. Se trata de una ilusión, claro está, pero, como los kirchneristas saben mejor que nadie, en política las fantasías colectivas suelen importar mucho más que la realidad, de ahí su apego conmovedor a un “relato” que tiene más que ver con el país ficticio registrado por los técnicos imaginativos del Indec de Guillermo Moreno que con el que efectivamente existe.

Por lo demás, el Moyano poselectoral que, a ojos del oficialismo más recalcitrante, se las ha ingeniado para convertirse en un aliado clave de derechistas tan peligrosos como Mauricio Macri y Daniel Scioli, además de un aglomerado confuso de caciques de la izquierda combativa, es en buena medida obra de Cristina. Lo es porque su protagonismo reciente se ha visto facilitado por el nerviosismo y la arbitrariedad de una mandataria que se siente tan insegura que toma cualquier manifestación de disenso, o sea, de pluralismo, por evidencia de que está en marcha una vil conspiración destituyente.