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Política / 3 de julio de 2012

Cristina, cada vez más parecida a su imitadora

La pérdida de potencia del relato oficial desnuda las fracturas del modelo y deja al vista las contradicciones. Teatralidad y sobreactuación.

Cristina Kirchner y su imitadora, Fátima Florez.

Fátima Florez tarda más de dos horas en volverse Cristina los domingos, apenas unos minutos más que los dedicados diariamente por la Presidenta para lucir tal cual se la ve en los actos y cadenas nacionales: “pintada como una puerta”, según su propia definición.

Los maquilladores de Fátima en El Trece usan productos especiales, porque es alérgica y puede ampollarse. La Cristina de veras sufre desde hace años una inofensiva pero ultramolesta rosácea que la obliga también al uso de cosméticos hipoalergénicos. Pero bueno: no embromemos más, que podríamos sobrepasar el espacio de esta columna forzando similitudes entre una y la otra para ensalzar las virtudes histriónicas de la Florez, cuando la idea no es esa.

El asunto que nos ocupa tiene que ver, más bien, con develar por qué será que CFK llegó al punto de parecerse cada vez más a su imitadora. Tiendo a creer que la razón de fondo es la ya hoy explícita fractura del peronismo, situación siempre traumática pero acaso jamás como hoy tan relacionada con la pérdida de potencia de un relato oficial al que se apostó como a la luz solar o el agua y ahora es retrucado ya no desde los medios críticos o la oposición “gorila” sino desde la mismísima crema de la audiencia típica del justicialismo.

Que haya sido Hugo Moyano y no un intelectual bienpensante quien remarcó desde “La Plaza” no solo que los impuestos al trabajo son regresivos y aumentaron en esta década sino que los K se hicieron ricos no laburando sino especulando desde “abajo de la cama” durante una dictadura que narraron haber combatido, podría funcionar ahora como el espejo de la madrastra de Blancanieves en la segunda parte del terrible cuentito infantil. Y que sean obreros quienes aplauden tales afirmaciones no hace más que dividir el rating de un novelón que pierde verosimilitud cuando se aboca a cuestiones tangibles para cualquiera, como por ejemplo de qué modo se discriminan el debe y el haber en el recibo de sueldo que uno lleva a su casa. O cuánto avanzó uno en la bendita distribución del ingreso.

La teatralidad y la sobreactuación, en tal caso, se vuelven perceptibles a simple vista. No hace falta ser un crítico fino para verlas. Basta y sobra con ser público.