Costumbres / 5 de julio de 2012

Condenadas a la falda

Llevar pantalones fue una conquista para las mujeres. Históricamente ha sido una prenda masculina y aún hoy se desaconseja para uso femenio en situaciones formales. Fotos.

Cristina en Angola. La única visita oficial en la que usó pantalones.

Hace muchísimos años, en una conferencia de prensa, el ex presidente de los Estados Unidos, Richard Nixon, puso en evidencia a una periodista por asistir al evento en pantalones, rompiendo el “dress code” de la Casa Blanca. La anécdota la cuenta el sociólogo Erving Goffman, famoso por hacer teoría a partir de situaciones cotidianas insignificantes (como cuáles son los lugares preferidos por la gente para sentarse en una sala de espera) y la utiliza para mostrar la total asimetría en términos de poder, de la interacción.

Hace poco tiempo, en una reunión, una prestigiosa abogada empleada en un estudio internacional, comentaba que en su trabajo se exigía a las mujeres vestir traje sastre con falda. El pantalón estaba completamente prohibido.

Al estudio de esta prenda tan conflictiva se dedica Christine Bard, socióloga francesa, en el libro “Historia política del pantalón” (Tusquets). La Revolución Francesa fue la responsable de desterrar para siempre del guardarropa masculino calzas, faldones y colores brillantes. Símbolo de austeridad y sencillez, el pantalón fue, a partir de allí, la única prenda permitida a los varones hasta la actualidad. Por el contrario, las mujeres tardaron mucho en adquirir el derecho a usar prendas cerradas. El pantalón estuvo vedado para ellas durante los siguientes dos siglos y aún hoy, bajo el imperio del unisex, sigue siendo materia de debate indumentario.

El traje refleja el orden social y lo crea, permitiendo, sobre todo, el control de los individuos. Atribuye un género, a veces un mal género”, dice Bard.

Aún ahora, que la categoría de “género” puede ser pensada en un contexto filosófico más abierto, sexo y ropa se confunden y superponen.

En situaciones muy formales, las mujeres siguen prefiriendo polleras y vestidos. La presidenta, por ejemplo, sólo se permite el pantalón en su tiempo libre. Y sólo en una ocasión se animó a usarlo en una visita oficial. Fue en Angola, y tal vez porque el calor, el exotismo y la sencillez del contexto admitían exceptuarse de la norma.

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