Opinión / 6 de julio de 2012

De ranas y alacranes

Scioli. El gobernador hace equilibrio para diferenciarse de la Presidenta sin que le recorten los fondos de la Caja nacional. Una misión imposible.

Ilustración: Pablo Temes.

A ciertos operadores oficialistas les gusta aludir a la fábula archiconocida de la rana y el alacrán: para cruzar un río, el arácnido venenoso aprovecha la ingenuidad de un batracio bonachón que, confiado en que su pasajero no le haría daño porque no sabe nadar, lo lleva hasta que, para su desconcierto, lo ataca de golpe, dejando morir a los dos, “porque es mi naturaleza”.

Lo que tienen en mente estos relatores gubernamentales es advertirnos que los contrarios al proyecto nacional y popular con inclusión social son tan congénitamente malignos que, de tener la oportunidad, no vacilarían en hundir el país con la esperanza de que la reina Cristina se encontrara entre los ahogados. Será por eso que, para incredulidad de los apóstoles de la nueva doctrina nacional, siguen oponiéndosele.
No cabe duda de que los hay que están festejando en privado la avalancha de malas noticias económicas que han llegado últimamente por suponer que contribuirán a hacer estallar la burbuja kirchnerista que, a finales del año pasado, había adquirido dimensiones alarmantes, pero sucede que en la versión argentina de la fábula, son la Presidenta y sus laderos los que se han encargado del papel del alacrán.

Dadas las circunstancias, el que Cristina se haya puesto a envenenar a todos aquellos que le parecen reacios a rendirle pleitesía, creándose así problemas que, entre otras cosas, han hecho caer en pico el índice de aprobación que ostentaba algunos meses atrás, carece de sentido, pero así es la naturaleza del kirchnerismo, un culto político que ha crecido tanto merced en buena medida a la capacidad notable de sus predicadores para convencer a la gente de que está luchando con heroísmo contra la multitud de fuerzas oscuras que, por motivos siniestros, se las habían arreglado para depauperar el país. Bien que mal, Cristina y los suyos no pueden con su genio.

Desgraciadamente para ellos, la estrategia así supuesta ya ha brindado todos sus frutos, razón por la que les convendría cambiarla por otra antes de que sea demasiado tarde. Lo lógico sería que, a fin de ahorrarse un sinnúmero de problemas que podrían calificarse de personales en el futuro no muy lejano, Cristina hiciera lo posible para asegurar que su eventual sucesor fuera alguien dispuesto a defenderla contra los decididos a tratarla tal y como ella quisiera tratar a quienes figuran en su lista cada vez más extensa de enemigos mortales.