Opinión / 13 de julio de 2012

Cristina contra el mundo

Discurso. En el relato de la Presidenta, el modelo K debería servir de ejemplo a los países del Primer Mundo en crisis.

Ilustración: Pablo Temes.

En opinión de Cristina, el mundo deja muchísimo que desear. No está a su altura. Todos sus esfuerzos por mejorarlo, enseñándoles a los demás mandatarios lo que deberían hacer para que le resulte satisfactorio, se ven frustrados por la estulticia ajena. ¿O es que Barack Obama, David Cameron, Angela Merkel, Mariano Rajoy y compañía no son meramente estúpidos sino también perversos? Puede que sí, ya que “en estos nueve años” –los del kirchnerato– las grandes centrales del poder “han timbeado” en “los paraísos fiscales miles de millones que no se sabe si existen, que solo existen en un mundo virtual”.

Frente a este panorama tan desconcertante, es comprensible que la Presidenta se haya sentido abrumada por la indignación. A diferencia de los idiotas gorilescos con los que tiene que codearse en todas aquellas cumbres aburridas a las que le es obligatorio asistir, ella sabe muy bien lo que hay que hacer para que la economía planetaria se librara de una vez de los malditos especuladores financieros que la están arruinando. Lo que sus homólogos obtusos de otras latitudes necesitan es tener a su lado a alguien como Guillermo Moreno, un hombre capaz de poner en su lugar a cualquier banquero que sea reacio a prestar plata a los empresarios productivos.

A su modo, Cristina es fiel a la tradición peronista. Desde el momento en que lo dio a luz un régimen militar ultraderechista, el movimiento en que se formó ha sido víctima de un sinnúmero de malentendidos. Fronteras afuera, nadie, salvo un puñado de académicos como Ernesto Laclau, de la Universidad de Essex en Inglaterra, lo toma en serio. Sus pretensiones progresistas motivan risas. Sus teorías económicas, las reivindicadas por Cristina incluidas, parecen propias de la patafísica del doctor Faustroll del francés Alfred Jarry, especialista en la ciencia de las soluciones imaginarias y de las leyes que regulan las excepciones.

Puesto que más de sesenta años de hegemonía política y, por raro que parezca, intelectual peronista han servido para hacer de la Argentina, un país que, antes de la llegada al poder del general y su segunda esposa, era símbolo de la riqueza, un desastre tercermundista, es sin duda natural que, hasta ahora cuando menos, el mundo se haya resistido a permitirse seducir por los encantos de su mandamás actual. ¿Está por cambiar esta situación a todas luces injusta? Es posible. Lo es porque a través de las décadas, los peronistas han aprendido a manejar la decadencia con un grado envidiable de habilidad. Saben aprovechar mejor que los conservadores y socialistas de otras latitudes tanto los éxitos esporádicos como los fracasos frecuentes. Para parafrasear a Groucho Marx, pueden decir: este es nuestro modelo, si no les gusta tenemos otros.