Política / 15 de julio de 2012

Tiro al pelado

La paradójica fobia de Cristina Kirchner por los políticos calvos. Por qué nos asusta la discriminación de la Presidenta.

Por si no se nota en la foto-carnet que le da inicio a este texto, aclaro que el autor de estas líneas es pelado. Para no quedarme afuera de los chistes de mis colegas sobre mi calvicie (en su momento, prematura), acostumbro agitar un librito del INADI que circula por las redacciones, donde se recomiendan “Buenas prácticas en la comunicación pública”.

En el manualcito para periodistas –suelo recitar– se aconseja no hacer chistes ni estigmatizar a nadie en temas de salud mental, migrantes, violencia de género, pueblos originarios, afrodescendientes, vih-sida… pero nada se dice sobre la discriminación a los calvos. Menos mal: si el INADI defendiera a los pelados, esta semana se habría visto en la incómoda posición de tener que retar a la Presidenta. Justo a ella, a la que tanto le fastidia ser criticada. Y si yo creyera en la doctrina de la corrección política aplicada al lenguaje, le hubiera reclamado en esta página a mi Presidenta que no nos tratara de “pelados”, sino de personas con capacidades capilares diferentes… Pero no. Lo que dijo del ministro de economía español, Luis de Guindos, al señalarlo con sorna como “el pelado este”, suena ofensivo por otros motivos.

El primero es la falta de respeto diplomática, que ya se volvió una mala costumbre de Cristina Fernández cuando se refiere a funcionarios extranjeros que no sintonizan con su relato. El segundo motivo de ofensa es de consumo interno, y tiene que ver con la mala memoria argentina, síndrome que la Presidenta critica y, al mismo tiempo, fomenta. Cito a la Presidenta sobre el ajuste en España: “Han intervenido el Banco Central y ahí está el pelado con el dedo señalando. Me trajo recuerdos que casi me amargan el desayuno, me quedé con la tostada atragantada. Me hizo recordar épocas y políticas, fundamentalmente de intervención”.

El pelado del ajuste español le trajo a la memoria un pelado más cercano, a quien no nombró: Domingo Cavallo. De nuevo, el viejo truco K de agitar el fantasma de los ’90 y del 2001, simbolizado por el cráneo pulido del ex ministro. Otra vez, el traumático silencio sobre la complicidad histórica de los Kirchner, que aplicaron sin dudar las políticas cavallistas en Santa Cruz, escucharon los consejos financieros del Mingo, y hasta compartieron amistosas cenas matrimoniales con Sonia Cavallo. Pero ahora, conviene que “el pelado” sea el cuco, aunque el cepo verde de CFK sea apenas una variante del corralito que paralizó y devaluó el ahorro de tantos argentinos.

Ojo que acá también hay negación obligatoria: ¡pobre de la inmobiliaria que diga que el control cambiario afecta la capacidad de la gente para comprar y vender propiedades! A la AFIP tampoco la para el INADI.

En su cadena nacional cotidiana –mix de “Hola Susana”, “Aló Presidente” y la Evita de Esther Goris–, Cristina discrimina con criterio único. Su capricho. De ahí mi pesadilla orwelliana y capilar: millones de argentinos usando pelucas cobrizas como las de Fátima Florez, compradas –a precio pesificado– en el Museo del Bicentenario, y fabricadas con el rezago de las extensiones que va desechando la peluquera de Olivos.

En esta nota: ,