Sociedad / 17 de julio de 2012

Hambruna de belleza

“Muy querida Maclovia, estoy en la escuela para merecerte. Cuando voy a pescar no hago más que acordarme de ti. Teniéndote cerca no puedo verte. El otro día, vi tu sombra. Pasó tan junto a mí que la sentí crecer y metérseme en el corazón. Entonces supe por qué Dios le dio sombra a nuestros cuerpos. Pa´ poder mirar la tuya cuando pasa, Maclovia. Te veo siempre, siempre a toda hora y en todas partes; con los ojos de acá dentro. Te veo y oigo en el canto de los pajaritos, en el viento cuando sopla en la Laguna, en el sol, en las estrellas; en todo aquello en que nadie me puede impedir que te vea. Y te oiga. Yo sé que tú estás muy alto, y que yo no te merezco. Pero qué culpa tiene el pobre árbol reseco de enamorarse de la luna. Verdad que duele mucho quererse tanto, Maclovia… Como si tanto amor no cupiera en uno. Por eso duele. Estoy muy triste. Pienso en ti”.

La historia de la película mexicana “Maclovia” (ver fragmento arriba) es simple: Una india muy bella (Maclovia) a la que su padre no deja casar con José María, el indio más pobre del lugar, por considerarlo “poco” para ella, hasta le prohíbe mirarla a los ojos. De ahí que la carta hable de “su sombra”, que es lo único que puede intuir cuando se la cruza en la calle. Les recomiendo respirar hondo, vencer las barreras del tiempo, y dejarse llevar por una escena única en la que confluyen el talento del director (Emilio Fernández), la belleza y expresividad de la actriz (María Félix), y algo que el cine actual parece haber olvidado: La luz; en este caso particular un trabajo de iluminación magistral a cargo del genial Gabriel Figueroa.

Si el film sorprende, más impacta conocer su contexto. Primero, Emilio Fernández no era un hombre sofisticado sino un machazo mexicano, de esos que te cruzan a cuchillo sin que les tiemble el pulso. Segundo, el público que acudía en masa a ver estas cintas (1948), en su gran mayoría era analfabeto, igual que los personajes interpretados por los actores (el profesor que aparece ayuda a escribir la carta y luego debe leérsela a ella). Con mucho menos formación que nosotros, la gente se sentaba en las butacas de las salas cinematográficas y apreciaba el valor de ese texto maravilloso, entronizado en un circuito estético saturado de belleza.

La pregunta que deberíamos hacernos es: ¿Por qué esa generación que apenas leía y escribía, producía y consumía estos productos? Compararnos avergüenza. Casi nada de lo que generamos hoy alcanza semejante nivel. Y eso que los recursos técnicos y artísticos se multiplicaron. Igual que los comerciales de jabón en polvo: “¡Está comprobado!”. Embrutecerse es una decisión colectiva.

Sin duda, tiene que existir una relación entre la violencia social, que no sólo se expresa en los robos (hay mucho maltrato de todo tipo), y esta manía de arrastrar el alma hacia sus peores zonas. Porque si uno mira el programa de Tinelli, termina conectado con lo peor de sí mismo.“Maclovia” te lleva a otro lado. Quizá nunca sepas o entiendas dónde; hacia abajo seguro que no.

Antes la belleza estaba en todas partes. Desde la fachada de los edificios hasta la ropa que usábamos para salir los domingos; pobres y ricos sabían qué significaba “elevarse”. De alguna manera, entendíamos que haber dejado los árboles en los que se entretenían nuestros antepasados los monos, suponía cierto nivel de compromiso con el territorio conquistado; hoy nos sentimos libres de semejante obligación, y en cualquier momento terminamos colgados de las lianas.

Se habla mucho de crisis de afecto, de valores, de disolución de la familia. Pero la belleza era algo que estaba a nuestro alcance, que podíamos abrazar en el peor de los momentos y en soledad. Uno tiene la opción de sentarse frente a la computadora y ver videos graciosos de adolescentes que se hacen los pavos, o mirar esta escena de Maclovia y abonar el camino hacia la evolución.