Sociedad / 20 de julio de 2012

ADELANTO EDICIÓN IMPRESA

Masacre de Pompeya: La intimidad post calvario

Por

Carrera trata de recuperar el tiempo perdido cerca de su familia, que siempre creyó en su inocencia.

Fabrizio (9) bajó del auto junto a sus padres luciendo un guardapolvo blanco. Tomados de la mano y bajo el sol del mediodía, apuraron el paso hacia la puerta del colegio, colmada de chicos, pese a que aún faltaban unos minutos para la hora de ingreso. Esta podría haber sido una típica escena en la vida de Fernando Carrera (35) que sin embargo fue única porque era la primera vez que veía entrar a su hijo al colegio.

“Nunca lo había llevado. No conocía la escuela, nunca lo había visto con la mochila puesta. Fue muy lindo realmente”. Cuando fue encarcelado, su hijo más chico tenía apenas 1 año y 10 meses, hace siete años. “Creció con el caso pero sin mí. Conoce la causa penal y sabe todo: la cantidad de tiros, por donde ingresó cada uno. A los cinco años podía detallar la causa y hasta el nombre de los jueces, pero nunca me tuvo a mí”, reflexiona Carrera.

La madrugada del 6 de junio que recuperó la libertad, Carrera llegó a la vivienda donde su familia habitaba en San Miguel. “No conocía la casa. Era todo nuevo, todo distinto. Es todo lindo porque nada puede ser peor de lo que me pasó. Hice una visita guiada por mi propia casa y después nos sentamos a charlar un rato todos juntos, no habíamos estado solos en años”, cuenta.

Todavía no tiene días típicos. La única rutina fija es la de llevar a su hija Jennifer (17) a la escuela todas las mañanas. “Siempre fui un enfermo con ese tema, cómo va a ir sola a la escuela. Ahora ella protesta un poco porque está en sexto año del secundario pero no me importa, la llevo igual”.

Carrera sabe que le arrebataron siete años de su vida, de la crianza de sus hijos, de la compañía de su mujer, Guadalupe (35), pero está dispuesto a recuperar el tiempo perdido. Así, los domingos retomó los asados en familia, aún con el recuerdo fresco del primer festejo del día del padre en mucho tiempo: “Fue lindo porque estuvimos todo el día juntos, a diferencia de los últimos siete años que algún que otro día del padre los he visto pero solo dos horas, que es lo que duran las visitas carcelarias”.

Desde que está libre no se separa de su mujer, como tampoco lo hizo durante su encierro. Se conocieron cuando eran adolescentes en la ciudad de Salto. El flechazo fue inmediato y a los 17 años ya esperaban a su hija mayor, Jennifer, luego vino Nicolás (15) y más adelante Fabrizio. “Hasta ese momento teníamos una linda vida, una linda casa y un auto. Nuestros hijos iban a una escuela parque, estaban felices ahí. Laburábamos y vivíamos tranquilos dentro de nuestras posibilidades, sin lujos pero bien”, describe Carrera su vida antes de la tragedia que lo marcaría para siempre.

Más información en la edición impresa de la revista