Mundo / 3 de agosto de 2012

El otro derrumbe de España

Mariano Rajoy entierra el espíritu de la Moncloa, mientras el país despide a un prócer del progresismo liberal, Gregorio Peces-Barba.

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Por momentos parece extraviada. España no atraviesa la crisis; deambula en ella. Esa adusta severidad con que manifestaba sus certezas Mariano Rajoy cuando el peso de gobernar agobiaba a los socialistas, ahora ha trastocado en la perplejidad de los confundidos. El jefe de gobierno no entiende por qué los mercados le bajan el pulgar a todas sus iniciativas. Creía que los indicadores financieros solo se ensañaban con José Luis Rodríguez Zapatero, pero desde que encabeza la administración no ha recibido más que bofetadas de quienes se consideraba un mimado. Aun así, continúa cerrado sobre sí mismo, como si nadie en la oposición pudiera aportar nada.

La voz de Rajoy ya no retumba en el hemiciclo de las Cortes con la enérgica seguridad que tenía cuando era el jefe de la oposición. La economía sigue cayendo, la desocupación crece como una mancha de aceite y las medidas del gobierno conservador, que castigan sobre todo a las clases medias y bajas, no logran despertar entusiasmo en el empresariado. Pero el jefe de gobierno no se abre a escuchar a otras voces que no sean las de su partido.

España parece lejos de sí misma. Al menos de aquel país que se refundó sobre la tumba de un dictador. Una España que, para pensarse distinta de lo que había sido hasta entonces, no excluyó sino que sumó pensamientos diferentes. Para verse de otro modo, superpuso una variedad de miradas.

Es como si los protagonistas de este escenario político no se acordaran de la clase dirigente que desistió de sentirse iluminada por la razón. Fundaron una democracia envidiable aquellos que se levantaron de la mesa del diálogo sintiendo que habían cedido más de lo que habían conseguido. Esa es la actitud creadora de la sociedad abierta y del desarrollo. Pero la España que deambula errática en la crisis, parece haber extraviado la herencia de la clase dirigente que creó una democracia próspera. Para colmo, acaba de quedar huérfana de uno de sus más entrañables exponentes: Gregorio Peces-Barba; el académico, el jurista, el legislador socialista y gran militante del más profundo pensamiento liberal-progresista.

Fue un “imprescindible”, en el sentido que le da el poema erróneamente atribuido a Bertold Brecht. Quizá porque creció respirando el secularismo igualitarista de un padre republicano y un catolicismo familiar que lo condujo a la filosofía de Jacques Maritain, es que Peces-Barba pudo con total naturalidad afiliarse al Partido Socialista y esparcir desde cátedras y ensayos el más genuino pensamiento liberal.

El socialista que acaba de conmover a la política española con su muerte, había alimentado una cultura de pluralismo, libertad y diversidad que era ajena a la tradición de su país. Un espíritu liberal que irrumpió en ese nacionalismo intolerante y moralista con raíz en la religiosidad de los reyes de Castilla y Aragón, quienes unificaron el país homogeneizándolo mediante el rigor de Torquemada.

El espíritu liberal que marcó la vida, la acción y la obra de Gregorio Peces-Barba, tuvo aislados antecedentes en la historia española. Por caso, latió en la Constitución de Cádiz de 1812 y en la República que el falangismo ultra-católico terminó ahogando a sangre y fuego a finales de los años 30.

Peces-Barba lo rescató al crear, a principios de la década del sesenta,
junto a Joaquín Ruiz Jiménez y otros progresistas liberales que luchaban contra el régimen franquista, la revista “Cuadernos para el Diálogo”. Y por haber entendido que solo desde ese espíritu liberal podía fundarse la democracia que pusiera a España en Europa, el viejo profesor de Filosofía del Derecho estuvo entre los siete hacedores de la Constitución de 1978.

* PROFESOR y mentor de Ciencia Política en la Universidad Empresarial Siglo 21, autor de “La Gravedad del Silencio”.

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