Opinión / 10 de agosto de 2012

En la corte de la reina Cristina

Mientras la oposición no está, los hombres y mujeres que conforman el oficialismo se entregan a su juego favorito: la interna. Aunque las reglas de esta diversión tradicional que tanto fascina a los políticos o sus equivalentes no han cambiado mucho desde la edad de piedra, en las democracias modernas los premios suelen ser más modestos que en el pasado y, por fortuna, menos atroz el destino de los perdedores.  En la versión argentina del juego, lo peor que puede suceder a quienes tropiezan es verse condenados a una estadía prolongada en una cárcel donde, para sobrevivir, tendrían que participar de murgas dirigidas por militantes políticos estrafalarios, asistir a “actividades culturales” en clave K  y soportar el ruido infernal producido por bateristas psicópatas, lo que, pensándolo bien, es mejor que terminar decapitados, como solía ser el caso en épocas menos ilustradas que la nuestra. ¿Y los ganadores? Si tienen mucha suerte, por un rato disfrutarán de la aprobación de Cristina, un privilegio que está reservado para muy pocos.

Para frustración de los que quisieran que la política fuera una actividad dominada por grandes estadistas que trabajen sin descanso para impulsar el bienestar del conjunto, el progreso científico, la competitividad, la educación y la seguridad ciudadana, escasean los cuadros oficialistas que sienten interés por temas tan aburridos. Parecería que en el fondo lo único que realmente importa a los militantes K es el estado de ánimo de la señora Presidenta. Bien que mal, otros tienen que respetar el mismo orden de prioridades, ya que de los caprichos de Cristina depende la conformación de su gobierno y, por lo tanto, mucho de lo que ocurre a lo ancho y lo largo del territorio nacional.

Así, pues, si es verdad que Cristina ya no confía tanto como antes en las dotes administrativas e intelectuales del secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, el país tendrá que prepararse para un cambio de rumbo económico, pero puede que solo haya sido cuestión de rumores, o que, si bien le gustaría echar al ferretero luego de haberle permitido provocar una cantidad descomunal de desaguisados, no lo haga por entender que sus enemigos festejarían su salida con júbilo malicioso.

Durante varios años, la relación personal de Cristina con Moreno ha incidido más en la evolución del país que cualquier otro factor. Los resultados están a la vista. Entre otras cosas, el funcionario más temido del gobierno kirchnerista le ha regalado una recesión que a juicio de los especialistas en la materia pudo haberse evitado, además, claro está, de la destrucción meticulosa del Indec, una repartición que antes de su llegada gozaba de un grado envidiable de prestigio internacional pero que en la actualidad es un hazmerreír planetario, despreciado hasta por los chinos.