Opinión / 16 de agosto de 2012

Cristina va a la guerra

Va por todo. La Presidenta disfruta del conflicto y combate en distintos frentes a la vez: Macri, Scioli, Moyano y Clarín, sus obsesiones.

Ilustración: Pablo Temes.

El militar prusiano Carl von Clausewitz es recordado principalmente por haber dicho que “la guerra es la continuación de la política por otros medios”. Si bien hasta ahora la presidenta Cristina Fernández de Kirchner y su tropa de militantes solo han reivindicado de forma tangencial “otros medios”, como el supuesto por la lucha arma, ellos también se aferran a la idea de que, por ser la política una actividad esencialmente conflictiva, para consolidar su poder hay que pasar por alto las reglas propias del juego democrático. Por suponerse mejor dotados que los demás para aprovechar los enfrentamientos, se las ingenian para provocarlos aun cuando a primera vista no tengan motivo alguno para hacerlo, de ahí aquellas “batallas culturales” que tanto les gustan y, desde luego, las ofensivas furibundas que emprenden a diario contra políticos que en su opinión son ajenos al “proyecto”. Con todo, aunque la mentalidad oficialista, por llamarlo así, tiene mucho en común con aquella de los partidarios de causas tan nefastas como el fascismo y el comunismo, los kirchneristas no han logrado forjar una ideología totalitaria que serviría para justificar nuevos atropellos. Es una suerte: de pertrecharse el gobierno de una, al país le aguardaría una etapa tan aciaga como la que ensangrentó la década favorita de la Presidenta, la de los años setenta del siglo pasado.

Por cierto, plantea muchos peligros el que la estrategia del gobierno nacional se haya basado en la noción de que los conflictos sean de por sí buenos ya que, para citar al fallecido islamista Osama bin Laden, la gente siempre confiará más en un “caballo fuerte” que en uno “débil”, y por lo común los más agresivos –en el caso argentino, los kirchneristas–, a menudo brindan una impresión de fuerza incontenible, a diferencia de los tibios a quienes Dios vomita que hablan de diálogo y la conveniencia de hacer algunas concesiones. Para alcanzar los objetivos, o sea, “todo”, los militantes del gobierno nacional no vacilan en derribar instituciones, intentar eliminar la libertad de expresión y hasta sabotear a las economías regionales por suponer que las víctimas de sus atropellos culparán por sus penurias a los mandatarios locales. Como los anarquistas y bolcheviques de antaño, muchos oficialistas hacen de la consigna “peor es mejor” el principio rector: lejos de tratar de solucionar o al menos atenuar los problemas de la gente, procuran agravarlos por suponer que les sería ventajoso. Según la lógica tradicional, que un gobierno se dedicara a sabotear lo que en teoría es su propia obra sería absurdo; según la kirchnerista, no lo es, ya que, manejados con astucia, los conflictos sirven para generar poder.

En tiempos de guerra total, los civiles suelen proporcionar muchas bajas, detalle este que no preocupa en absoluto a Cristina y sus conmilitones, ya que a su juicio solo se trata de pedazos de carne de cañón electoral, útiles para hacer número a la hora de votar o de asistir a actos proselitistas pero para nada más. Asimismo, puesto que desde su punto de vista los porteños merecen ser castigados por el crimen de lesa majestad, los kirchneristas están decididos a hacerles la vida imposible privándolos de seguridad, de transporte, de la posibilidad de defender sus ahorros amenazados por la hoguera inflacionaria comprándose algunos dólares, y muchas otras cosas.