Opinión / 23 de agosto de 2012

Periodismo argentino: ¿Qué diría Pulitzer?

Joseph Pulitzer

Joseph Pulitzer, el inventor del periodismo moderno, fue tan perspicaz como para crear un premio prestigioso que le permitiera quedar bien parado frente a la historia (hoy por hoy es casi lo único que conocemos de él). Lo hizo a plena conciencia antes de morir, y eso que, para aquella época, ya estaba completamente loco, ciego, y debía vivir en un barco porque estaba perseguido por el gobierno americano. Sin embargo, mirado en perspectiva y a pesar del pomposo galardón que lleva su nombre, Pulitzer no fue un académico sino alguien bastante parecido a Julian Assange, el creador de Wikileaks que está escondido en la embajada de Ecuador.

Antes de Pulitzer, los diarios “pertenecían” a distintos partidos políticos. Funcionaban a manera de herramientas de difusión ideológica. El legendario periodista no cortó esa tradición, aunque le agregó un condimento que revolucionó la forma de entender los medios: Más allá de la ideología política de cada uno, era posible buscar algo parecido a la objetividad. Por ejemplo, era capaz de entrar disfrazado a las reuniones de periodistas demócratas, actitud considerada sacrílega por sus contemporáneos. “Qué es eso de mezclarse”, pensaban. Terminó de una vez y para siempre con esa segmentación. A partir de él, un diario republicano podía ser leído también por demócratas. En cierta forma “inventó” la libertad de prensa.

La crisis actual del periodismo no obedece sólo a la actitud del gobierno, sino a la relación de los medios con sus anunciantes. ¿Cuántas denuncias a privados recuerdan haber visto en los grandes medios nacionales? Muy pocas. Ahora bien, ¿creen que los privados son todos unos santos? No sólo hay cuestiones de intereses (es difícil pegarle a alguien que pone pauta), los privados saben cómo defenderse y se hacen sentir con presiones de todo tipo. Aunque parezca mentira, pegarle a un funcionario es más o menos gratis, a una empresa privada, casi imposible, y en especial si no está metida en negociados con un gobierno. La gente cree valiente a quien le pega a Cristina. ¡Error! Obvio que tiene sus costos, pero lo peor pasa por otro lado.

Especialmente en los diarios, el precio de tapa sirve de poco y nada, no mueve la aguja en términos de sustentación económica. Sin publicidad estarían todos quebrados, y semejante estado de cosas generó un microclima irrespirable. Si Pulitzer viviera, en un mundo que está manejado por corporaciones, vería que esa ecuación no puede sostenerse en el tiempo. Y todo se agravó con Internet: La gente quiere objetividad y la quiere gratis. Así lo único que van a obtener es una sumatoria de pasquines con noticias que entretienen a los adolescentes.

Contra lo que dicen todos, el kirchnerismo no es responsable de la crisis que atraviesa la prensa argentina. Eso sí, se aprovecha de ella de una forma despreciable, creando medios propagandísticos que mantiene y usa en forma descarada.

Como en la época de Pulitzer, la clave pasa por encontrar una independencia en serio, donde todos sean juzgados con la misma vara, y no sólo se pueda criticar a los políticos porque suelen esquivar los juicios; es eso o la actividad se muere antes de que la mate Internet.