Opinión / 5 de septiembre de 2012

Enamorándome de Cristina

Si el peronismo fuera una revolución en serio, quienes hoy mandan emails con críticas, chistes guarangos o amenazas de manifestaciones contra Cristina (himno incluido), deberían preocuparse. Pero no lo es, se trata de una religión a la que los pobres, o aquellos que alguna vez vivimos en la pobreza, acudimos en busca de evasión; igual que esas viejas salas de cine que, en los cuarenta, desparramaban fantasías entre obreras y mucamas.

Todavía más, hacen mal en confundir derrape presidencial con descomposición política. Empujada por crisis y presiones varias, la presidenta empezó a resbalar: cadenas inoportunas, arquitectos egipcios y descontento de las clases medias, el fin parece cercano y tangible, ¿no? No. Olvidan un pequeño gran detalle: Con sus lutos forzados, excesos de “yo” y esa sarta de sandeces que parecen poseerla, Cristina está más peronista que nunca.

Dejó el tono zurdo e intelectual que tanto ruido le hacía al justicialismo profundo y asumió el rol de sacerdotisa que, sospecho, le disgusta y mucho.

Es ahí señores, cuando ustedes más se escandalizan, cuando más se preguntan “¿cómo puede ser?” y recobran el valor de criticar (consejo: no se apuren), es justo ahí cuando los hijos de Perón más nos enamoramos de nuestros líderes. En esos deslices verbales, en las promesas de obras que jamás se concretarán, y en el esfuerzo por aparecer “linda” a pesar de la edad, la operación de tiroides y el cansancio que supone gobernar, hay algo bello que sólo quienes pasan o pasamos miseria podemos apreciar.

El peronismo no es una pasión como muchos creen, es belleza. Punto. Y cuando la belleza traspasa el deseo, vence al tiempo. El pueblo no quiere “poseer” al peronismo, se trata de un pacto carente de sexo (traducción: progreso, bienestar, etc.), nos conformamos con mirarlo, con saber que nos mira. Se equivocan quienes creen que Argentina va hacia Venezuela. Chávez es tosco, “cubano”, quizá más verdadero y creíble; el partido que fundó Perón, una escenografía monumental que acertó en algo: Dio vuelta los espejos y enfocó al más humilde.

Alcanza y sobra. ¿Saben por qué? Porque tenemos memoria genética de haber vivido sin siquiera eso. En este blog le venimos pegando feo a Cristina desde 2009 (pero pegando mal), y seguro lo seguiremos haciendo; después de todo piso los cincuenta en guerra con mis propios enamoramientos. Eso sí, no sería sincero ni honesto si esquivo la mención de algo que me dictan los genes: Contra lo que muchos creen, Cristina está más bella que nunca.