Opinión / 14 de septiembre de 2012

La banda opositora

De la Sota. Su reclamo económico a la Casa Rosada lo proyecta como uno de los candidatos al 2015, junto con Macri, Scioli y Binner.

Ilustración: Pablo Temes.

Cristina dice que “cada gobernador es muy parecido a un presidente en su propia provincia”. Bromea, claro está: a lo sumo, son interventores. Si la Argentina fuera una federación auténtica, estaría en lo cierto pero, como la líder máxima entiende mejor que nadie, en el país unitario que efectivamente existe, ningún gobernador tiene derecho a darse aires presidenciales. Incluso insinuar que, siempre y cuando Cristina se dignara salir de la Casa Rosada el día previsto por la Constitución nacional, a uno le gustaría probar suerte como candidato, será tomado por una manifestación imperdonable de deslealtad que los pretorianos de La Cámpora se encargarán de castigar.

La voluntad de la Presidenta y sus incondicionales de mantener bien subordinados a los gobernadores puede entenderse. A diferencia de otros países en que los aspirantes a triunfar en el campeonato político necesitan contar con el apoyo de un gran partido, aquí es rutinario que una gobernación provincial les sirva de plataforma de lanzamiento. El sistema resultante es nefasto, sobre todo si el eventual ganador proviene de una provincia escasamente poblada como La Rioja o Santa Cruz, puesto que llevará consigo una cáfila de familiares, amigotes y dependientes que se pondrán enseguida a aprovechar las oportunidades brindadas por el poder pero, por desgracia, parecería que este esquema perverso ya se ha institucionalizado. Convendría, pues que en el caso de que se reformara la Constitución, se le agregara un artículo destinado a impedir que, en adelante, un gobernador saltara directamente de su cuartel general provinciano a la Casa Rosada. De más está decir que es nula la posibilidad de reformas encaminadas a atenuar los perjuicios atribuibles a las particularidades más perniciosas de la cultura política criolla; antes bien, los cambios que tienen en mente los contrarios a la Constitución actual servirían para agravarlos.

Sea como fuere, aunque es factible que en los meses próximos un mandatario de provincia chica logre sorprendernos metamorfoseándose en un presidenciable debidamente carismático, por ahora todos los precandidatos presuntamente serios proceden de jurisdicciones de dimensiones respetables: el bonaerense Daniel Scioli, el porteño Mauricio Macri, el cordobés José Manuel de la Sota y el ex gobernador santafesino Hermes Binner. Los cuatro son moderados pragmáticos, aunque a diferencia de sus rivales Binner, un socialista, se las ha arreglado para ubicarse en la franja progresista del extraño mapa ideológico nacional. Desde el punto de vista de los kirchneristas, el que el santafesino domine el dialecto progre es un problema; si bien ellos mismos son conservadores natos, defensores empedernidos de un orden corporativista arcaico, les encanta calificar de “derechistas” a sus adversarios. Por lo demás, Binner no está a cargo de Santa Fe; por lo tanto, es menos vulnerable que sus contrincantes a las presiones económicas brutales que Cristina utiliza para disciplinar a los díscolos.