Sociedad / 16 de septiembre de 2012

Abuelas, Madres y Pampita

Después de la marcha del jueves 13, Estela tomó el camino de Hebe y se mimetizó sin pudores con el gobierno. Juego de espejos con Pampita, y la tragedia de ocupar un lugar que no nos pertenece.

Con todo y Schoklender, a Hebe de Bonafini hay que reconocerle algo: nunca ocultó la voluntad de continuar aquello que, según su punto de vista, es el legado ideológico de sus hijos desaparecidos. A partir de ahí, transformó Madres en una organización tendiente a modificar la realidad social argentina. Estela de Carlotto comenzó parándose en otro lugar: la necesidad de recuperar a los nietos que seguían en “cautiverio”. Mientras una se enredaba en los pliegues tóxicos de la política, la otra parecía caminar derecho al Nobel. Las declaraciones de ambas después del multitudinario acto de Plaza de Mayo (jueves 13 de setiembre), desnudaron su condición de cuadros políticos kirchneristas; conducta que no tiene nada de reprochable, aunque acota y limita el alcance de sus voces. “Nos dan asco”, aseguró Hebe al tiempo que Estela largó un sugestivo “Es gente bien vestida, clase media”.

Leída en contexto, la realidad es un jugoso disparador de sentidos. Una semana antes de que esta “madre” y “abuela” símbolo sellaran la entrega de sus causas a un gobierno (“bajada de bandera” que no deja de ser penosa), la sociedad quedaba tumbada por un espanto gestado, al menos en términos simbólicos, muy lejos de ahí: el fallecimiento de la hija de Pampita, a los 6 años de edad. Hacía rato que el dolor por la muerte de los hijos esquivaba un espacio significativo en los medios. No porque los chicos no mueran, sino porque se trata de un horror que nos empeñamos en negar. Igual o más conocidos que Vicuña y señora, según los periodistas, Juana Viale y Manguera perdieron un “bebé”, lo mismo ocurrió con Maru Botana (difícil encontrar la palabra “hijo” impresa en las revistas), y en el brutal asesinato de Candela, el concepto “paternidad” estaba, de mínima, muy empastado.

Hay distintas formas de mantener con vida a los hijos muertos y todas resultan válidas (¿quién puede juzgar?); entre ellas, la de ocupar su lugar.

Estela y Hebe eligieron convertirse en ellos, tanto que sabemos todo acerca de estas mujeres, y muy poco en relación a las historias de sus mártires. Dirán que lo hacen para universalizar sus causas, lo más probable es que ni siquiera sepan cómo llegaron hasta ahí. Porque la historia muestra que se pueden elegir otros caminos a la hora de luchar. Otto Frank, el padre de la mítica Ana asesinada por los nazis, hizo lo contrario: dedicó su existencia a inmortalizar la memoria de su pequeña hija.

El drama de ponerse en el lugar del otro es que, igual que en cualquier usurpación, uno termina adueñándose de un espacio que no le pertenece, por el que no peleó (aunque haya sufrido). Esos chicos casi desconocidos dieron la vida por una causa que, según sus madres, este gobierno encarna y representa. Ahora bien, ¿pueden estar tan convencidas? ¿Duermen tranquilas entregando semejante sacrificio a un gobierno pasajero? No querría estar en los sueños de estas señoras que, seguro, cada tanto deben soportar intolerables pesadillas de dudas y angustias.