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Política / 4 de octubre de 2012

Guillermo Moreno: Violencia de género… humano

El hecho es de público conocimiento. Agredida por Guillermo Moreno, la despachante de Aduana Adriana Paula De Conto presentó una demanda acusándolo por “abuso de autoridad, amenazas y violencia de género”.

¿Violencia de género? ¿Por qué? Si, como expresa la Ley de Violencia contra la Mujer (Nro. 26.485), la “eliminación de la discriminación” es el principal objetivo de su sanción, en este caso, tal discriminación no existió. Y la razón es obvia: Guillermo Moreno parece no distinguir géneros a la hora de exhibir armas o guantes de boxeo (como en la histórica asamblea de Papel Prensa), insultar, descalificar y amedrentar. Sólo como ejemplo, basta recordar el modo en que invitó, días pasados, a los caceroleros que se habían agolpado frente a la puerta de su casa, a “meterse en el orto” (sin distinción de género) el simbólico utensilio. Una muestra más de los estrechos recursos lingüísticos del funcionario.

Años atrás, la filósofa francesa Elisabeth Badinter desató la furia de las feministas al cuestionar la expresión “violencia de género”. Según ella, la noción de una agresividad específica en contra de las mujeres las marcaba como víctimas y les restaba poder, al mismo tiempo que condenaba a los hombres a ser los únicos capaces de cometer actos lesivos contra el otro sexo. Del mismo modo, la filósofa se oponía a cualquier ley que implicase una discriminación positiva. Como la Ley de Cupo vigente en la Argentina. Según esta lógica, cualquier medida que se proponga proteger los derechos de la mujer, no hace otra cosa que debilitar el “empoderamiento” por el que abogan tanto las feministas.

Pero la violencia de género existe. Las denuncias se han duplicado en tan solo un año y cada semana un crimen atroz nos horroriza a todos. Por eso, más que nunca, es importante no banalizar los términos. Si cualquier disputa que tenga por protagonistas a un hombre y una mujer se convierte en un episodio de “violencia de género”, ¿cómo denominaremos a la agresión que se sustenta ostensiblemente en la reproducción de un modelo de dominación basado en la desigualdad de poder entre los sexos?

Además, en términos de asimetría de poder, ¿no sufre por igual la violencia un hombre que una mujer cuando quien la ejerce es un funcionario público?

Escraches. Precisamente, el juez Norberto Oyarbide rechazó ocuparse de la causa iniciada por la despachante de Aduana alegando “violencia moral”. Después de recibir más de 50 llamados telefónicos deseándole la muerte -según contó- y de sufrir una nueva modalidad de cacerolazo: en la puerta de su casa y con el efecto intimidatorio de un escrache; decidió abandonar el expediente considerando afectada la garantía de imparcialidad.

El mismo día, las cacerolas enturbiaron el transcurrir de la visita de Cristina Kirchner a los Estados Unidos. Y al siguiente, se instalaron frente a la casa del mísmisimo Guillermo Moreno.

“La violencia engendra violencia” decía el General Perón y no se equivocaba. Este deslizamiento del cacerolazo pacífico al escrache amenazante es síntoma de que la temperatura del país está subiendo.

Si el límite de lo tolerable se relaja y la prepotencia pasa a formar parte del lenguaje de todos, a qué extremos tendremos que apelar para ser escuchados la próxima vez. Frente a los manejos políticos de tono violento por parte del poder, la única estrategia no es una contraofensiva. Las ideas, las palabras, la expresión pública y el voto son el recurso que hasta ahora eligió la ciudadanía para manifestar descontento.

La violencia, toda, contra cualquiera, verbal o física, debería resultarnos intolerable en la Argentina del 2012.