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Mundo / 5 de octubre de 2012

Internacional

Venezuela en llamas

Más allá del resultado electoral, el feudo que armó Chávez muestra señales de agotamiento de un modelo de acumulación de poder.

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PANORAMA. Las explosiones en refinerías se muestran como un mal síntoma.

Que nadie crea que ya ganamos; vamos a ganar pero aún no ganamos, por eso que no se quede ningún voto bolivariano fuera de las urnas”, rugió el exuberante líder caribeño en uno de sus últimos actos de campaña.
Entre el triunfalismo y la preocupación, la paradójica exhortación de Chávez parece confirmar que la oposición tiene alguna chance de ganar. Más paradójico aún es que a las señales más claras sobre la existencia de esa posibilidad las dio el propio presidente.
Mientras la guerra de encuestas terminó matando la credibilidad de esas consultas, el mismísimo Hugo Rafael Chávez Frías emitía una serie de señales que, involuntariamente, daban a la oposición una frágil esperanza de lograr lo que parece imposible.
Derrotar al chavismo en las urnas sería una proeza electoral, por una serie de razones. Una de ellas es que las políticas asistencialistas, a las que el chavismo denomina “misiones”, fueron mayormente bien instrumentadas y llegaron eficazmente a la inmensa población que vive en la pobreza.

Desde las misiones médicas hasta las educativas, pasando por las que distribuyen alimentos, todas constituyeron una fuerte ayuda que, por cierto, no estuvo desprovista de clientelismo político. Aunque con los pobres de Venezuela también hicieron clientelismos los gobiernos socialdemócratas y democristianos, en los tiempos prechavistas del bipartidismo. Y el asistencialismo de los gobiernos de Acción Democrática y COPEI era más escuálido que el asistencialismo chavista. Lo confirma la estadística: del 50% de pobreza que había en 1999, se pasó al 32% actual. Por lo tanto, no hay demasiadas razones para que los favorecidos cambien su voto.
De todos modos, la principal ventaja de Chávez en las urnas está en la propia naturaleza del régimen. Por un lado, por lo que implica la división de la sociedad como forma de construcción de poder; y por el otro, porque el sistema no está hecho para la alternancia, de modo que toda modificación implica un riesgo de colapso.

No lo inventó él, pero Chávez fue el gran responsable de resucitar el método populista de construcción de poder. El mecanismo es simple y brutalmente eficaz. Se trata de provocar, mediante discursos y políticas de confrontación, una grieta que divida a la sociedad en dos partes enfrentadas.
En una vereda, el oficialismo cierra filas en torno a un liderazgo unipersonal, con alta concentración de poder, culto personalista y verticalismo miliciano. En la vereda enfrentada, inexorablemente queda una masa cuya heterogeneidad impide la conformación de un bloque. Del lado oficialista, el aparato de propaganda dotará al líder de un halo de prócer viviente, para encarnar en él valores como “independencia” y “patria”, de modo que el ciudadano sienta que apoyarlo es apoyar a la patria independiente ya que no hacerlo representa una actitud cipaya y antipatriótica.
Cuando la sociedad queda dividida en dos partes irreconciliables, una de ellas venera apasionadamente al líder, mientras que la otra lo aborrece visceralmente. Este es el síntoma más revelador del método caudillista. Por definición, el caudillo representanta a un sector y no a la totalidad. Por eso su actuación en defensa de sus representados implicará chocar contra otros sectores.

El populismo político es la máxima expresión del caudillismo, ya que el sector representado es una de las partes de la sociedad que ha sido demediada. La diferencia entre el caudillo y el estadista –aquel que gobierna para toda la sociedad y no para una parte–, es que al estadista nadie lo ama y tampoco hay quien lo odie. Sencillamente, todos lo respetan apoyándolo o criticándolo en mayor o menor grado. El liderazgo populista, en cambio, es amado y aborrecido. No hay matices.

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