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Sociedad / 9 de octubre de 2012

Tentaciones peligrosas

No es fácil ser buen perdedor, pero mucho más difícil es aprender a ser buen ganador. El kirchnerismo se ha convertido, en los últimos meses, en una enciclopedia de “errores no forzados”, para usar la jerga tenística que describe el acto de malograr un tanto con pelota dominada.

Los ejemplos sobran, aunque pueden resumirse en dos síntomas: mala gestión de los asuntos de Estado y errática gestualidad presidencial. Quizá la soberbia explique esta manía oficial de complicar escenarios poco problemáticos. Y el corolario de esa visión del liderazgo es la descalificación feroz –irracional– de las voces disonantes, sean caceroleros, periodistas no alineados o estudiantes de Harvard interesados en la realidad argentina.

Del enojo al desconcierto y viceversa, en un círculo vicioso que no conduce a nada bueno, el management K expuso a la Presidenta a una impensada intemperie social en la que todos parecen animársele.

Pero esta actitud oficial no es nueva, y tampoco lo es la crítica equilibrada pero implacable de NOTICIAS a los modos autoritarios. Sin embargo, las novedades políticas de los últimos días sí introducen variantes actualizadas de una cultura autoritaria que excede al oficialismo y que se cocina desde hace años en sectores de la sociedad que hoy se muestran hostiles al Gobierno.

Se vio en ciertos exabruptos verbales durante los cacerolazos masivos, luego en los “caceroescraches” contra Oyarbide y Moreno, también en la virulencia acumulada en las redes sociales, y esta semana estalló en los cuarteles, donde apareció la riesgosa noción de sindicalización de uniformados con derecho a usar armas: las formas de convivencia democrática fueron desbordadas por reclamos sectoriales que, aunque puedan ser justos, no justifican de ninguna manera el desconocimiento de la ley.

No basta con marcar los atropellos republicanos del kirchnerismo; antes hay que revisar críticamente la tentación autoritaria de los argentinos que, por naturaleza institucional, deben subordinarse a la autoridad civil que, en todo caso, les debe mecanismos democráticos para sopesar conflictos.