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Política / 16 de octubre de 2012

Discusiones con mis amigos kirchneristas

Laclau y Mouffe. El matrimonio le inoculó al kirchnerismo su teoría del conflicto permanente. Sin enemigos no hay relato.

Mis amigos kirchneristas me convencieron hace ya varios años sobre su necesidad de crear enemigos a medida. Que no lo tomara como algo personal, me dijeron, que los periodistas éramos un blanco fácil y que con tantos tristes antecedentes en nuestro haber bien podíamos corporizar el lugar imaginario del Mal en esta sociedad tan seducida por los lugares imaginarios del Mal.

Me citaron de corrido argumentos que habían leído del matrimonio Laclau-Mouffe sobre la lucha por la hegemonía y la táctica de crear enemigos que simbólicamente estén a la altura de una contienda histórica y, sobre todo, resulten verosímiles y vencibles. Hacía rato que no escuchaba una cita de Ernesto Laclau, pero me sorprendió que recurrieran a ese pensador y no al tradicional argumento de Perón de que él prefería elegir a sus enemigos antes de que sus enemigos lo eligieran a él.

Al final, me explicaron que eso es lo que venían haciendo en aquellas batallas épicas contra enemigos por entonces módicos pero imaginariamente poderosos, como los viejos jerarcas militares, la Corte Suprema menemista o el mismo Menem (fue antes de convertirlo en su aliado).

Lo decían sin tensión, sin subir el tono de voz, a veces con una sonrisa pícara. Lo decían como algo políticamente inevitable para hacer del kirchnerismo un movimiento hegemónico que consolidara un modelo de país mejor.

Durante años, cada vez que nos veíamos, discutíamos con serenidad sobre lo bueno y lo malo de estos gobiernos. Ellos criticaban aspectos criticables del periodismo y festejaban que la táctica de la confrontación permanente había regenerado la pasión por la política en ciertos sectores de la juventud. Yo les daba la razón a medias, aunque les confesaba un malestar íntimo: en todo ese tiempo celebraba de boca para afuera que como intelectuales ellos pusieran su razón al servicio de una causa en la que creían, pero en mis entrañas venía sintiendo una incomodidad creciente al ver cómo habían diluido todo el sentido crítico que siempre habíamos compartido hacia los gobiernos de turno.

Reconozco que es un problema mío que subsiste hasta hoy: me cuesta aceptar como natural la relación entre pensamiento crítico y oficialismo intelectual.

Los encuentros continuaron, pero en algún momento se comenzaron a espaciar y se tornaron más duros. Creo que el de la semana pasada habrá sido el último.

Yo de seguro aporté lo mío para que eso sucediera, sin embargo notaba que lo que en ellos había empezado siendo una táctica maquiavélica se terminó haciendo carne en su propio imaginario. La primera vez que los escuché hablar de la “Corpo” (hace cuatro o cinco años) lo exponían con humor, como un guiño amistoso frente a quien sabía acerca de su necesidad de construir enemigos a medida. Pero con el paso del tiempo, ese “enemigo imaginario” se fue haciendo real en sus cabezas y argumentaciones. La “Corpo” se transformó un día en “la cadena nacional del desánimo”, dicha así, sin humor, sin la menor ironía, sin guiño posible. Y en el último encuentro, Magnetto ya estaba detrás del movimiento de prefectos y gendarmes sospechados de planear un golpe de Estado y Lanata era un simple esbirro al servicio de la “Opo”.

No recuerdo ahora si todo terminó con algún grito o insulto, creo que no, pero el clima era el mismo que tras una pelea callejera. Me reprocharon ser funcional a la Corpo y a la Opo juntas, y yo los acusé de pasar de ser estrategas de una construcción política a ser delirantes que creen sus propias mentiras. Me imputaron de onanista por defender “el goce de Cristina” y atacaron a NOTICIAS por hacerse la independiente y ser peor que Clarín. Les respondí que los prefería cuando elegían enemigos más importantes que simples periodistas; como “el imperialismo yanqui”, el Fondo Monetario o el propio capitalismo. En fin, esas cosas que las personas se dicen cuando es preferible decir nada.

Durante varios días supuse que de verdad se habían vuelto locos, que es lo que suelen pensar los locos de los demás. Pero después entendí que quizás no era así.

Ojalá podamos vernos una vez más con mis amigos K para contárselo. No pienso que hayan perdido la razón, sino que el ajedrez político que diseñaron se terminó convirtiendo en un juego peligroso contra fantasmas que de tanto alimentar se volvieron reales y amenazantes. Un juego en el que pueden perder. Y podemos perder todos.