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Opinión / 26 de octubre de 2012

Tragicomedia de errores

Ilustración: Pablo Temes.

Si Néstor viviera, ¿sería cristinista? Es poco probable. Hombre astuto, de instintos pragmáticos, si aún estuviera entre nosotros el ex presidente se sentiría dolorosamente sorprendido por el espectáculo rarísimo que está brindando su esposa, ya que Cristina parece desbordada por una variedad de problemas imprevistos, algunos muy graves y otros meramente anecdóticos, que tienen su origen en su propia falta de interés en los molestos detalles administrativos. Por cierto, Néstor hubiera tratado de impedirle cometer la sarta de errores no forzados que la están convirtiendo en el hazmerreír de quienes nunca la han querido y que están privándola de la imagen positiva que le permitió triunfar por un margen absurdamente amplio en las elecciones presidenciales del año pasado.

Para alarma incluso de los críticos más cáusticos del “proyecto”, “modelo” o lo que fuera de Cristina, pocos días transcurren sin que se produzca un nuevo episodio inverosímil que sirve para llamar la atención a las deficiencias manifiestas de su forma autocrática, ensimismada, de gobernar el país. No bien se aplacó el revuelo que fue ocasionado por el impacto negativo de aquel enfrentamiento cruelmente revelador con los estudiantes de Harvard, tan distintos ellos de sus coetáneos de La Matanza, la Presidenta tuvo que vérselas con una rebelión protagonizada por gendarmes y prefectos naturalmente indignados por el recorte brutal de sueldos ya magros. Asimismo, el asunto de los billetes de Evita que serían repudiados por los cajeros automáticos y por muchos comerciantes, y el drama de la pesificación patriótica que quita a los asustados por la marcha nada promisoria de la economía la posibilidad de ahorrar en una moneda menos propensa a esfumarse que la nacional no han contribuido a estimular confianza en la eficacia del Gobierno.

Y para colmo de males, a Cristina le ha resultado imperativo tratar de encontrar un lugar en la epopeya oficialista para la saga humillante de la Fragata Libertad; lo hizo dando a entender que el buque insignia de la Armada que se ve retenido en un puerto africano está librando una batalla heroica contra los temibles fondos buitre, “los piratas del siglo XXI” según el canciller Héctor Timerman. El Gobierno procuró limitar el daño causado por este papelón mayúsculo sacrificando como chivos expiatorios a un par de almirantes y un comodoro, pero sus esfuerzos en tal sentido no le sirvieron para mucho.

A juzgar por las palabras que pronunció Cristina en su enésima arenga urbi et orbe por la cadena nacional, los buitres malditos “podrán quedarse con la Fragata” hasta fines de 2015, pero mientras ella ocupe la presidencia no les será dado quedarse con “la libertad, la soberanía y la dignidad de este país”. Puesto que el buque incautado por la Justicia ghanesa es en cierto modo un símbolo de los conceptos así enumerados, no es fácil saber lo que Cristina quería decirnos, pero puede comprenderse el desconcierto que siente por lo que ha sucedido. Como acaba de enterarse, el canje de Néstor no resultó suficiente como para ahuyentar a los buitres financieros que, lo mismo que sus homónimos aviarios –y ciertas abogadas exitosas que en la Santa Cruz de hace casi cuarenta años se especializaban en ejecutar deudores morosos–, cumplen una función útil en su propio ecosistema.