Opinión / 2 de noviembre de 2012

Las campanas están doblando

Ilustración: Pablo Temes.

El “modelo”, esta aspiradora potentísima que succiona todo cuanto encuentra en su camino para que Cristina y sus allegados puedan repartirlo como se les antoje, está devorando el país. Es insaciable. Para sobrevivir, necesita cada vez más recursos. Ya ha tragado buena parte de los ingresos del campo, los fondos jubilatorios privados y las acciones de los españoles en YPF. Como postre, está masticando las reservas del Banco Central más una cantidad fenomenal de dólares debidamente pesificados, pero aún tiene muchísima hambre, razón por la que el Gobierno se ha propuesto “reformar” lo que todavía queda del mercado bursátil porteño. ¿Y después? Los cristinistas van por todo, pero sucede que el país no cuenta con dinero suficiente como para aplacar por mucho tiempo más la angurria que los atormenta.

Para desesperación de los encargados de darle de comer, el “modelo” de Cristina pronto tendrá que depender de los escasos recursos propios que está en condiciones de generar. En cuanto se hayan agotado, se verá forzado a practicar la autofagia, a alimentarse a sí mismo como hacen ciertos organismos primitivos. Las perspectivas serían menos angustiantes si la Argentina tuviera acceso a los billones de dólares que están disponibles en el sistema financiero internacional, pero, como acaba de recordarnos el salto que pegó el índice riesgo país luego de fallar una corte en Nueva York en contra de la discriminación por parte del gobierno kirchnerista entre los bonistas nuevos y los de antes, o entre los acreedores buenos, es decir, sumisos, y los “buitres” malísimos, nadie en sus cabales pensaría en prestarle al Gobierno un solo centavo a una tasa de interés civilizada. A juicio de los inversores del resto del mundo, a diferencia de Cristina y sus muchachos, el cocolero boliviano Evo Morales es un dechado de sensatez financiera, razón por la que están más que dispuestos a comprar los bonos que pone en venta.

Mal que les pese a los 11.865.055 votantes que, hace poco más de un año, brindaron a Cristina un triunfo apoteósico porque confiaban en su capacidad para prolongar la vida útil de su “modelo de inclusión social”, de tal modo asegurándoles un grado reconfortante de estabilidad, el populismo es así. Al privilegiar el consumo sin prestar atención a cosas tan reaccionarias como la producción o la eficiencia administrativa, está programado para posibilitar una etapa de bonanza aparente que se verá seguida indefectiblemente por una crisis caótica.

Para defenderse, los gobiernos populistas no tienen más alternativa que la de procurar atribuir las desgracias que se las arreglan para provocar a conspiraciones urdidas por enemigos siniestros –buitres, imperialistas, neoliberales, especuladores rapaces–, lo que a lo sumo servirá para postergar por algunos meses la hora de la verdad. Por lo demás, mientras que en países acostumbrados a la alternancia de gobiernos despilfarradores y otros ahorrativos, lo que brinda a aquellos oportunidades para aprovechar los “ajustes” que estos se ven obligados a emprender, aquí los populistas aspiran a perpetuarse en el poder por razones que podrían calificarse de jurídicos.