Blogs / 8 de noviembre de 2012

Postales de la Argentina distópica

Santo Tomás Moro acuñó la palabra utopía para referirse a un orden social perfecto, a un grupo humano –una nación– con cualidades morales, a esta altura, probadamente inaccesibles. Utopía se volvió sinónimo de imposible y tuvo, a su vez, una hija bastarda: la distopia.

Las sociedades distópicas son creaciones de la literatura. En la mayoría de los casos, de una cierta ciencia ficción especulativa, que busca criticar las estructuras de la actualidad presentando un futuro posible donde la humanidad se planta en las antípodas de la utopía.

Algunos ejemplos de comportamientos distópicos en la literatura:

 “1984” (George Orwell)
En una nación donde el líder (el “Gran Hermano”), todo lo ve y todo lo controla, un ministerio –el Ministerio de la Verdad– se encarga de corregir en forma permanente los registros históricos para ajustarlos a las necesidades del régimen. El relato se reescribe todo el tiempo, convirtiendo a héroes en villanos y suprimiendo del pasado a los personajes que no son convenientes. Tan importante como el Ministerio de la Verdad es el Ministerio del Amor, donde (sin importar los métodos y apelando a los peores miedos de la gente) se elimina toda forma de disidencia. Lavado de cerebro completo, para que todos amen al Gran Hermano.

“Hunger games” (Suzanne Collins)
En la vieja tradición romana de “pan y circo”, los Juegos del Hambre son el máximo exponente posible del factor “circo”. Los concursantes (“tributos”) compiten en un reality-show extremo, donde están dispuestos a matar y a morir por llegar al final. Para las clases acomodadas de esta sociedad distópica, es mero entretenimiento, sin límites y sin moral. La degradación de la persona en pos del espectáculo es irrelevante. Para los concursantes, que proceden de las extracciones sociales más bajas, es la única forma de ascender en la cadena alimentaria, de salir de los distritos pobres, de ser “alguien”.

“Atlas shrugged” (Ayn Rand) (*)
Una sociedad que castiga a los mejores con presión impositiva, reglamentaciones injustas, expropiaciones, cartelización de mercados, manipulación de la industria y otras bellezas colapsa cuando sus miembros más productivos deciden ir a la huelga. Es como si Atlas, el titán mitológico que sostiene al mundo sobre su espalda, se encogiera de hombros. Cuando los sectores que producen –que sostienen– protestan, todo se detiene.

Trazar el paralelismo entre ficciones y realidades no requiere ni de demasiado esfuerzo ni de demasiada imaginación. La Argentina distópica no es obra de un autor de ciencia ficción que ve un porvenir oscuro. Es hoy, acá y ahora: un país donde –como dicen los Redondos– “el futuro ya llegó”.

 

(*) me tomo aquí la libertad de tratar esta trilogía, 
quizás, un poco a la ligera; no es mala voluntad, es 
lo que estoy leyendo en este momento, por lo que me 
guío por apenas parte del primer libro.

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