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Opinión / 23 de noviembre de 2012

Políticos en un país diferente    

Scioli pretende ser el sucesor de Cristina ahora que la re-reelección parece imposible. En el Gobierno le desconfían.

Ilustración: Pablo Temes.

Como un globo de dimensiones imponentes que, para angustia de sus tripulantes, está perdiendo aire con rapidez desconcertante, el cristinismo podría caer a tierra bien antes de acercarse al final previsto del trayecto. Para mantenerlo a flote, el oficialismo necesitaba contar con la ilusión de la re-re, ya que en el inhóspito mundillo político nacional suele ser triste el destino de los patos rengos, pero últimamente se ha difundido la casi certeza de que el reinado de Cristina no podrá eternizarse. Si bien algunos quisieran convencerse de que no es así, que la gente pronto se dará cuenta de que sería un error mayúsculo tratar de prescindir de los servicios de la presidenta actual, los diversos integrantes de la clase política se saben obligados a adaptarse a una situación muy distinta de la que existía hace apenas medio año.

El paro del martes pasado, organizado por sindicalistas que se han alzado en rebelión contra un gobierno que los trata con desprecio altanero, habrá encendido muchas luces de alarma en el cuartel general de la presidenta, pero, como ya es su costumbre, procuró ningunearlo, como si a su juicio sólo se trataba de un apriete mafioso insignificante. En política, los insultos tienen su lugar, pero calificar a los enemigos de turno de “chantajistas” o “buitres” con los que sería inconcebible negociar, es una buena manera de reducir al mínimo el espacio de maniobra propio. Le guste o no le guste a Cristina, no podrá reemplazar el país real de los caceroleros y los sindicalistas despechados por otro poblado casi exclusivamente por la gente de La Cámpora, empresarios aplaudidores y oportunistas serviles.

El poder exagerado que ha conseguido construir el movimiento que se ha formado en torno a la dueña de las llaves de la gran caja nacional no se debe al atractivo del a menudo esperpéntico relato kirchnerista sino a la debilidad de todas las instituciones nacionales, pero de ahora en más dependerá del respeto ajeno por las desdeñadas formalidades burguesas. Para llegar intacto a diciembre de 2015, el gobierno tendrá que salir del aislamiento autoimpuesto que Cristina ha elegido por motivos personales.

Si la Argentina fuera lo que algunos llaman un “país normal”, transcurrirían con placidez relativa los tres año y pico que, conforme a la Constitución vigente, le quedan, pero sucede que, gracias en buena medida a la arbitrariedad kirchnerista, dista cada vez más de ser “normal”.  De optar los muchos adversarios de Cristina por aplicar una versión propia del “estilo K”, subordinando todo a sus intereses inmediatos sin preocuparse del todo por el bienestar del conjunto o por los engorrosos detalles jurídicos, al gobierno le resultaría muy difícil sobrevivir a las tormentas que se las ha arreglado para desatar. Como reza el refrán, quien siembra vientos recoge tempestades.