Blogs / 27 de noviembre de 2012

Odio tanto a Disney

Las contradicciones que hacen que las películas del director más congelado de la historia del cine me caigan tan mal.

En la última edición de Noticias, escribí un extenso perfil de la Walt Disney Corporation, reconstruyendo sus inversiones, compras y adquisiciones, planes de expansión y algunos de sus escasos y recientes fracasos comerciales. Pero, en el camino de escribir esta nota, descubrí que una parte importante de la filmografía de Disney me resulta altamente perturbadora. Sí, odio las películas de Disney. Es que sus menesajes contradictorios me sacan de quicio.

Algunos ejemplos:

La Bella y la Bestia: Una brutal apología del Síndrome de Estocolmo que encima le hace creer a cualquier bestia peluda que, secuestrando una “bella” tiene chances de que ella se le termine enamorando. La verdad es que la única chance que tenés si secuestrás una bella es que el GEOF te llene de agujeros en un megaoperativo. Pero la historia no termina ahí, hay en esa película algo mucho más incoherente aún. Y es que la bella se llama Bella. Y es bella. Si ese va a ser el criterio para bautizar a las mujeres, a mi mamá pongámosle Renga y a mi ex Nalgascaídas. La Renga y la Bestia. Buen título.

La Bella Durmiente: Cien años, durmió la mina. Y uno que se las tiene que arreglar para venir a laburar con apenas ocho horitas de sueño. Cien años de apolillo. Durmió más que De la Rúa y hay que despetarla con un beso. ¿No será mucho? Digo… hasta la más princesa de las princesas, después de una noche de sueño, se despierta de mal humor, con los pelos parados y el reactor nuclear de Fukushima en el aliento. Hay que ser macho para besar a esta chica después de un siglo de noni.

Blancanieves: Esta señorita vive con siete enanos horribles, nada más que porque los tipos tienen una mina de diamantes. Blancanieves es la primera botinera. No hace nada en la casa, los pone a los animalitos a limpiar -ya te va a agarrar Greenpeace- y, encima, los reta. Está el pobre ciervito lavando los platos y la muy desagradecida le grita: “¡Con la lengua no!”. Y todos sabemos que esa es una frase que jamás escucharemos de boca de una dama. “Con la lengua no”. No me la imagino dándole esa misma orden a Tontín.

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