Blogs, Opinión / 12 de diciembre de 2012

Plaga: Profesores particulares

Salen de sus guaridas en diciembre, cuando nuestros hijos se llevan hasta los recreos. Los diez tipos más conocidos.

Antes ponían cartelitos en los negocios. Hoy ni siquiera eso. Son tantos los chicos que se llevan materias, que sólo deben esperar a las presas sentados en sus casas. Desesperados, los padres nos pasamos papelitos mientras aseguramos “Es amorosa”, en realidad podría tratarse del Dr. Hannibal Lecter, aquél asesino devorador de carne humana interpretado por Anthony Hopkins; da igual, nuestro único objetivo es evitar que los chicos repitan o terminen arruinándonos el verano. A continuación, un listado con los diez “tipos zoológicos” del profesor particular:

El estudiante universitario:

Suelen ser los más entusiastas del lote, y aunque lo único que tienen en la cabeza es juntar plata para irse de vacaciones, cuentan con una ventaja fundamental: hay poca diferencia de edad con los chicos. Por eso, saben cómo encararlos y evitan que las clases sean una sesión de torturas; eso sí, son demasiado simpáticos y a la cuarta risita que escuchamos detrás de la puerta, los padres comenzamos a ponernos nerviosos. ¿Por qué la nena salta de alegría cuando llega el profe? ¿Desde cuándo el nene desarrolló semejante amor por la biología? Si un día se quedan dos horas y cobran una, es momento de saltarles al cuello.

La eminencia:

Nos dio clases cuando éramos chicos. A nosotros y a nuestros padres. Se jubiló antes de la vuelta de Perón al país, y desde entonces sigue ligada/o a la enseñanza. Por lo general tienen algún problema de salud que les impide escuchar, y sólo se levantan de la mesa (adornada con mantelito tejido al croché) para abrir y cerrar la puerta. La única forma de que nuestros retoños asistan a sus clases es arrastrándolos, y aunque aseguran que la anciana/o no sabe quién es el presidente o tiene un libro de matemática de 1940, la fe que tenemos en su sapiencia resulta inquebrantable. Además, como hace rato perdieron noción de la plata, están entre los más accesibles de la manada.

Maléfica/o:

Por alguna razón que no conviene averiguar, hace rato quedaron fuera del sistema educativo. Viendo cómo se comportan, parecería que “odian” a los estudiantes. Ya desde el primer día te llaman para decirte que, con lo que sabe, tu hijo no aprueba ni para las próximas Olimpiadas. Y si a vos te llenan de mala onda, al chico lo inundan de miedos hasta bajarle la autoestima a cero. Suelen largar comentarios del tipo: “En mi época, vos no hubieras pasado del primario…”, y se caracterizan por comer todo el tiempo, acto compulsivo que los lleva a hablar con la boca llena y saturar de saliva la carpeta del niño.

La tramposa/o:

Llegar a ellos es tocar el cielo con las manos. Claro que es una tarea escabrosa, hay que dar muchas vueltas y exponerse a pequeños actos de corrupción. Se trata de los propios profesores de nuestros hijos quienes, en confianza y para algunos elegidos que pagan bien, se arriesgan a violar las normas de la ética y preparan a los “burros” que bocharon. Además de plata, piden discreción y silencio (nunca lo obtienen), y vienen a nuestra casa camuflados con anteojos u otros elementos distractores. El “pacto” no incluye aprobación de la materia (lo dejan en claro), pero uno sabe que después de semejante aventura tendrán cierto nivel de piedad. Si alguien nos pide su teléfono, diremos no saber de qué están hablando.

El compañero:

Es el mejor de la clase y durante todo el año lo cargaron por “traga”. Sin embargo, al llegar diciembre, se transforma en una suerte de héroe que salva a los “vivos” que se llevaron ocho o nueve materias. Hay dos tipos básicos. El primero es un “buscador de afecto” que cobra poco y nada con la esperanza de mejorar su estatus el año próximo (cosa que nuca ocurre). El segundo, un vengador que se cobra todas y cada una de la maldades cuando saber qué es un sujeto tácito adquiere más importancia que hacerse el piola delante de toda la clase. Esperan diciembre con desesperación, pero no por el dinero: es su tiempo de revancha.

El hermano:

No hay plata, nuestro niño se llevó diez y hay que recurrir al hermano mayor. En este caso, las monedas de cambio suelen ser varias: desde dejarlo salir a bailar el sábado hasta prometerle algún regalo que nunca le haremos. Si los hermanos ya suelen pelearse en tiempos normales, sentados uno frente al otro en una mesa, son dos talibanes en celo. “¡¿Dónde tenés la carpeta?!”, grita el más grande transformado en profe de mala gana mientras el otro, que justamente se llevó esa materia por no tener carpeta ni anotaciones, busca entre una montaña de papeles indescifrables. Ellos se arreglan, pero los padres pueden salir del entuerto con un ACV. Siempre es mejor pedir prestado y mandarlos a alguno de los anteriores.

El desconocido:

Después de mucho buscar un profe de matemática (están todos ocupados), alguien nos pasa un número de celular. Quien atiende es un señor/a de pocas pulgas que, sin demasiados preámbulos, nos da una dirección que siempre (pero siempre) queda en algún lugar “sospechoso” de la ciudad. En tiempos normales jamás iríamos ahí y mucho menos le entregaríamos el chico a un desconocido que nos atiende mate en mano mientras masca bizcochitos de grasa. Claro que es diciembre y nuestro adolescente parece no dominar la tabla del dos. Nunca sabremos lo que pasa adentro de esa casa. Convendría preguntar.

El extranjero:

Este sí pone carteles. ¿La razón? No conoce a nadie porque hace poco llegó a Argentina desde algún país de Latinoamérica y necesita ganarse unos pesos (está lleno de estudiantes extranjeros). “Todas las materias”, asegura con un nivel de generalización que debería despertar sospechas. Habla con un tono caribeño que por un lado nos cae bien, y por otro nos hace dudar. Porque si algo nos sobra a los argentinos es prejuicios. “¿Sabrá?”, nos preguntamos. Eso los tímidos, porque los más osados redoblan la apuesta y le preguntan: “¿Sabe de matemática argentina?”.

El “Instituto”:

Son como el sol: siempre están. Si bien trabajan a full en temporada de exámenes, durante el año también dan clases de “algo” (clásico: inglés). Suelen cobrar “salado” pero el grado de la organización que exhiben seduce a muchos padres que pagan por el sistema. Tienen un edificio, sillas, mesas; es decir, lo más parecido al colegio que se consigue en plaza. Sin embargo, también pueden constituir una trampa. ¿Por qué? Van tantos alumnos que nuestro retoño, quien necesita una dosis doble de atención personalizada, puede sentirse perdido en medio del rebaño.

Los padres:

“¿Vos no estudiaste para maestra?”, le pregunta el marido a la mujer. O al revés. La cosa es que los padres bucean en sus propios conocimientos para salir del embrollo. Suele ser la peor de las soluciones (mejor apelar al “desconocido”). Además de descubrir lo poco que sabe el chico, uno queda expuesto en su propia brutalidad. ¿Cómo era lo del sujeto y predicado? Porque si el adolescente ya estaba en plena etapa de rebeldía, al ver que somos ingenieros y dudamos con la tabla del nueve, perdemos hasta la última gota de autoridad.