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Opinión / 27 de diciembre de 2012

Senderos que se bifurcan

Ilustración: Pablo Temes.

Cristina comenzó el 2012 como la dueña absoluta de un patrimonio político tan grande que, manejado con un mínimo de habilidad, le hubiera permitido convertirse en la estrella más brillante del firmamento latinoamericano. Pero en un lapso muy breve, se las arregló para dilapidarlo. Si bien su cuenta bancaria personal es aún mayor de lo que era doce meses antes, en términos políticos es mucho más pobre. ¿Conserva Cristina bastantes recursos como para completar sin demasiados problemas el mandato de cuatro años que el electorado le confió en octubre del 2011? Aunque pocos lo dicen en voz alta, está difundiéndose la sospecha de que si no logra adaptarse pronto a la siempre antipática realidad, dicha realidad se encargará de hacer de la fase final de su gestión un auténtico calvario. Hace un par de semanas, Cristina se sintió constreñida a asegurarnos que no tiene vocación suicida. Lo que sí parece tener es una fuerte vocación autodestituyente, ya que raramente deja pasar una oportunidad para suministrar a sus adversarios nuevos pretextos para atacarla.

Para Cristina, el 2012 fue un annus horribilis. Zozobró el “modelo” económico, cayó la producción industrial, comenzó a mermar el consumo, aumentó el desempleo, se desplomaron las inversiones, la inflación no se amainó. Aunque los economistas “ortodoxos” pronostican un repunte en el 2013 merced a la hipotética recuperación de Brasil y la fortaleza de la soja salvadora, parecería que han subestimado la capacidad fenomenal de los kirchneristas para provocar problemas gratuitos dando manotazos de ahogado, como los supuestos por el cepo cambiario, la pesificación patriótica militante, el bloqueo indiscriminado de las importaciones, entre ellas insumos imprescindibles.

Lo mismo que en la etapa angustiante que precedió al derrumbe de 2001 y 2002, se ha puesto de moda la palabra “ineptitud” para calificar la gestión de un gobierno claramente desbordado por las circunstancias, pero mientras que en aquel entonces la Argentina se veía perjudicada por una coyuntura internacional que le era terriblemente adversa, la actual, a pesar de las tribulaciones de Europa, sigue siéndole favorable. Así y todo, Cristina insiste en que “el mundo se nos ha caído encima”. ¿Obrarán los funcionarios con más profesionalismo en el 2013? No existen motivos para suponer que hayan aprendido algo de los errores que ya han perpetrado.

Pero no solo ha sido cuestión de las malaventuras de un “modelo” económico manejado por cuatro o cinco personajes de ideas divergentes y ambiciones particulares incompatibles –Cristina, Axel Kicillof, Guillermo Moreno, Mercedes Marcó del Pont y, en teoría por lo menos, el ministro formal del ramo, Hernán Lorenzino–, sino también de la retahíla de torpezas inverosímiles que desataron una rebelión salarial de los gendarmes y prefectos navales, la captura de la Fragata Libertad por la justicia ghanesa que la detuvo por casi tres meses, un fallo del exasperado juez neoyorquino Thomas Griesa que sembró pánico en la Casa Rosada, la aparición del a un tiempo esperpéntico y muy amenazador “Vatayón Militante” conformado por delincuentes debidamente politizados, las peripecias insólitas del vicepresidente Amado Boudou y la empresa “ex Ciccone”, y muchas otras desgracias.

Como no pudo ser de otra manera, el espectáculo brindado por el gobierno unipersonal de Cristina la ha privado del apoyo de buena parte de la clase media, de ahí los cacerolazos multitudinarios de protesta contra la combinación de inoperancia y soberbia que es la característica más llamativa de quienes monopolizan el poder. Aunque los ultras del kirchnerismo en su variante cristinista parecen convencidos de que en el fondo lo que más importa es el relato, es decir, la propaganda, el estilo retórico elegido por la Presidenta y sus laderos difícilmente podría ser más urticante. Es como si se hubieran propuesto enfurecer a medio mundo al emplear epítetos cloacales para descalificar a los jueces, cuando no a la Justicia misma, llamar “buitres” y “caranchos” a los jubilados que, con insolencia insoportable, le piden al Estado darle lo que según la ley es suyo, y proclamándose víctimas de vaya a saber cuántas conspiraciones siniestras.

De seguir así por algunos meses más, el kirchnerismo, que ya se ha despedido del grueso de la clase media, perderá el apoyo de la legión de pobres e indigentes que, merced a la extensión de las redes clientelares y a la propensión ya tradicional de los más vulnerables a confiar ciegamente en las dotes mágicas del caudillo redentor de turno, conforman su reserva electoral. En vísperas de la Navidad, proliferaban señales de que el país podría estar por sufrir una serie de “estallidos sociales”: por cierto, no falta pólvora, ya que hay muchos millones de personas que apenas logran sobrevivir y que se sienten abandonadas a su suerte por sus compatriotas y, desde luego, por el Estado; tampoco faltan militantes de la izquierda extrema que están más que dispuestos a encender la mecha.

A inicios de la era K, el Gobierno decidió que le convendría cooptar a ciertas agrupaciones de piqueteros, además de sindicalistas como el camionero Hugo Moyano, para que ayudaran a desmovilizar a sus congéneres. Aunque a la larga la estrategia de apaciguamiento así supuesta resultaría perversa porque serviría para congelar el statu quo, en el corto plazo posibilitó un grado aceptable de paz social. Sin embargo, andando el tiempo los costos alcanzarían un nivel insostenible. Como es natural, los acostumbrados a percibir subsidios a cambio de la militancia no tienen ninguna intención de renunciar a lo que toman por derechos adquiridos, por “conquistas” sociales permanentes que creen merecer porque los ganaron haciendo número en actos oficiales y gritando consignas a favor de la Presidenta y sus representantes. El sindicalismo, lo mismo que el movimiento peronista en su conjunto, ya se ha dividido; es de prever que los sectores opositores sigan creciendo en desmedro de los oficialistas. Algo similar está sucediendo en el mundillo de los “luchadores sociales”.

En el sistema político simplificado que impera en el país, todo depende de la voluntad de Cristina. Por temperamento, instinto y fidelidad a su propio relato, cuando se ve en apuros reacciona ordenando nuevas ofensivas contra las huestes enemigas: Clarín y otros medios que se resisten a adularla, la Justicia, el mundo, Papa Noel. A su entender, siempre hay que redoblar la apuesta, ir por todo, profundizar el modelo, huir hacia delante, dar más de lo mismo, de tal modo desconcertando tanto a quienes no quieren participar de la revolución extravagante que según parece cree está en marcha que se dejen arrollar.

Tal y como están las cosas, si la Presidenta sigue por el rumbo que se ha fijado y que jura estar resuelta a mantener pase lo que pasare, al país le aguarda un período signado por convulsiones económicas y sociales que no beneficiaría a nadie. Pero si opta por modificarlo con el propósito de reconciliarse con el resto de la clase política, en especial la parte conformada por el peronismo pragmático, y con la gente, absteniéndose por un rato de pronunciar diatribas incendiarias o de incomodar a “las corporaciones” apropiándose de sus bienes y pisoteando sus derechos, podría ahorrarse un sinfín de disgustos. Aunque en opinión de Cristina y sus ideólogos de cabecera, las instituciones son meros obstáculos burgueses erigidos por los deseosos de frustrar las aspiraciones populares y por lo tanto deberían ser “democratizadas”, es decir, desmanteladas, constituyen una línea de defensa que podría protegerla contra una eventual rebelión de quienes temen que el Gobierno está llevando el país hacia un desastre descomunal.

Además de verse beneficiada por la esperanza mayoritaria de que por fin la Argentina haya dejado atrás décadas de inestabilidad política crónica, y el consenso resultante de que sería mejor tolerar por algunos años más un gobierno que, a juzgar por las encuestas más recientes, la mayoría considera francamente malo, Cristina cuenta con otra ventaja decisiva: la ausencia de una alternativa convincente. Aunque muchos opositores parecen haber entendido que la negativa supuestamente principista a colaborar con quienes no comparten todos sus prejuicios sectarios es un tanto infantil, puesto que en las democracias consolidadas es normal que moderados de “derecha” y de “izquierda” privilegien lo mucho que tienen en común por encima de las diferencias lógicas, todavía no han conseguido formar bloques amplios que estaríanen condiciones de encargarse de la herencia con toda seguridad calamitosa que recibirá el triunfador de las elecciones presidenciales que deberían celebrarse a más tardar en octubre del 2015.

Si bien todos los políticos insisten en que es absurdamente prematuro especular en torno a la sucesión, les convendría apurarse. Mientras Cristina y sus acompañantes sigan creyendo que no tienen que preocuparse por una oposición que desprecian, no se esforzarán por gobernar mejor. Por el contrario, continuarán obrando con la torpeza a la que nos tienen acostumbrados por tratarse de una forma muy eficaz de recordarnos que se sienten por encima de leyes acaso apropiadas para la gente común pero no para ellos.

* PERIODISTA y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.