Opinión / 1 de febrero de 2013

La Argentina y los ayatolás

Para los Estados Unidos, la Unión Europea y, desde luego, para Israel, la República Islámica de Irán es un país peligrosísimo que, tal y como están las cosas, en cualquier momento podría desatar una conflagración bélica nuclear de consecuencias apenas concebibles, una que con toda seguridad tendría un impacto horrendo no sólo en el crónicamente convulsionado Oriente Medio sino también en el resto del planeta. Comparten su punto de vista muchos dirigentes árabes sunitas que, conscientes de que el presidente norteamericano Barack Obama sería reacio a hacer cuanto resultara necesario para frenar al expansionismo chiíta, están preparándose para participar de una carrera armamentista frenética que, en una región tan combustible, de por sí podría dar pie a una serie de guerras.

En cambio, para Hugo Chávez y, según parece, para su amiga predilecta y eventual sucesora como líder de la “revolución bolivariana”, Cristina Fernández de Kirchner, Irán es la víctima inocente de la malignidad imperialista y por lo tanto hay que ayudarlo a salir del aislamiento económico y diplomático. Aunque hasta hace poco aquel atentado de casi veinte años atrás a la AMIA en que murieron 85 argentinos impedía que el gobierno kirchnerista se solidarizara con los islamistas iraníes, como ya habían hecho los chavistas venezolanos, Cristina, asesorada por el canciller Héctor Timerman, acaba de encontrar una forma de soslayar el problema.

Es sencilla. En lugar de seguir reclamando inútilmente que se entreguen a la Justicia argentina integrantes destacados del régimen teocrático, entre ellos el ministro de Defensa, Ahmad Vahidi, y el ex presidente Akbar Hashemi Rafsanjani, acusados de ser los autores intelectuales de la matanza, Cristina los ha invitado a dejar el asunto en manos de una “comisión de la verdad” ya que, por tratarse en su opinión de personas respetuosas de los valores presuntamente universales que nunca soñarían con tratar de engañar a nadie, no podrán sino querer ayudar a eliminar los malentendidos desafortunados que tanto han perjudicado la relación bilateral. Con orgullo comprensible, Cristina se felicitó a sí misma a través de Twitter por el arreglo “histórico” así supuesto.

Tiene razón la Presidentísima, pero sucede que a veces “histórico” no es sinónimo de “bueno”. Con cierta frecuencia, equivale a “desastroso”. Pues bien, a juicio de muchos, se trata de una iniciativa delirante. Es como si Cristina hubiera decidido que la mejor manera de poner fin al crimen organizado en el país consistiría en pedirles a la Mafia y a los carteles de narcotraficantes contratar a “juristas internacionales” para que investigaran las acusaciones en su contra. Al fin y al cabo, se preguntan los desconcertados por el acuerdo, ¿por qué confiar en la palabra de sujetos que nunca han vacilado en apoyar a grupos terroristas, que, para más señas, actúan como capos mafiosos ofreciendo dinero a los asesinos de occidentales juzgados blasfemos, como los traductores de la novela “Los versos satánicos” del británico Sir Salman Rushdie, y que en la actualidad están ayudando al dictador sirio Bashar al-Assad a masacrar a decenas de miles de compatriotas rebeldes?  Aunque hay muchos buenos motivos para no involucrarse en aquella guerra civil atroz de la que podría surgir una tiranía todavía más sanguinaria que la alauita, la negativa a hacerlo de Cristina se habrá debido a su deseo de congraciarse con los iraníes.