Opinión / 8 de febrero de 2013

A la espera del tsunami

Lorenzino, Moreno y Kicillof. El equipo económico de la Presidenta no acierta a frenar la inflación ni evitar la suba del dólar blue.

Dicen los reacios a aplaudir las proezas de Hernán Lorenzino, Axel Kicillof, Guillermo Moreno y compañía que, a pesar de sus esfuerzos abnegados, la Argentina aún no ha logrado privar a Sudán y Sudán del Sur del liderazgo del campeonato mundial de inflación, pero no hay que impacientarse. Si bien el año pasado los africanos anotaron índices más altos –el 28 por ciento en el caso de los islámicos y un muy meritorio 60 por ciento en el de los cristianos y animistas del depauperado Sur recién escindido-, sus rivales criollos parecen resueltos a superarlos.

Están por pisar el acelerador. El país no tardará en verse inundado de billetes Evita de 100 pesos que, por un par de meses, tal vez un año, alcanzarán para comprar una tacita de café, para entonces esfumarse en el empíreo en que se perdieron tantos otros, como los de un millón de pesos de antes y de medio millón de australes. Aunque la presidenta Cristina y los militantes encargados de manejar la economía juran que no es su propósito estimular la inflación (no son “tan” heterodoxos), seguirán haciéndolo por miedo a la alternativa que a esta altura no podría ser sino un ajuste draconiano. Rezan para que el costo de vida suba poco a poco, pero existe el riesgo de que la inflación adquiera la fuerza de un tsunami que un buen día rompa todas las barreras que se han improvisado.

Desde el punto de vista del Gobierno, la inflación seguirá siendo tolerable con tal que no lo haga perder el apoyo del grueso de los atrapados en los grandes bolsones de pobreza que son sus bastiones electorales. Como sabe muy bien Kicillof, la clase media pudiente se siente agredida por los esfuerzos oficiales por apoderarse de todos sus dólares, pero, como ha sucedido con cierta frecuencia, los más perjudicados por el populismo económico, los pobres, también son los más inclinados a respaldarlo. Así y todo, de reducirse mucho el poder de compra exiguo de quienes forman parte de la mitad del país que vive al borde de la indigencia, o que ya están hundidos, aquellos políticos que dependen de los votos de los efectivamente excluidos no vacilarían en alejarse de Cristina.

La relación de la Argentina con la inflación es extraña. Mientras que en Alemania la híper de la República de Weimar dio lugar a una fobia tan fuerte que luego de noventa años sigue dominando el pensamiento de sus gobernantes, en la Argentina la experiencia de décadas del mal tuvo un efecto radicalmente distinto. Convivir con la inflación, tratarla como un cuco innocuo que, si bien atemoriza a alemanes asustadizos y horroriza a liberales despreciables, sólo motiva indiferencia aquí, es una tradición nacional.