Menú
Opinión / 22 de febrero de 2013

La muerte de un ciclista

Como Reinaldo Rodas, el hombre atropellado por el hijo de Aliverti, mi padre también murió en su bicicleta, mientras iba a trabajar.

Aunque no fue arrastrado en un capó, papá murió igual que Reinaldo Rodas, atropellado en su bicicleta mientras iba a trabajar. El último 31 de diciembre se cumplieron 20 años de aquél accidente. Tardé un tiempo en escribir esta nota; por un lado, no sabía bien qué decir, por otro, el tema todavía me duele. Sé por lo que pasa esa familia, y no me refiero sólo al dolor. Después de hacerme esperar horas en una comisaría donde todos brindaban y reían por la llegada del año nuevo, la policía me pidió plata para entregarme el cadáver rápido (si no pagaba eran tres días). Con los años me enteré que no me lo habían dado por la plata, sino gracias a las gestiones de una tía que pertenecía al cuerpo de bomberos (o sea: encima me estafaron). La autopsia se hizo en el cementerio, en una suerte de galpón. La puerta estaba abierta así que se podía entrar, y si no querías entrar, podías escuchar el ruido de algo parecido a una sierra cortando huesos. El traslado desde la morgue hasta la casa velatoria me tocó a mí, salimos con el chofer (que no paraba de contar chistes) en una ambulancia destartalada. Por el espejo retrovisor veía el cadáver del viejo, tapado con una sábana; saltaba en todos los pozos. “Dejá que me hago cargo yo”, aseguró el patrón de papá (se refería al pago del velorio). Aunque le dije que no, insistió. Dos meses más tarde apareció un señor muy amable con la cuenta. ¿Adivinen? El patrón jamás pagó. La mujer que, según todos los testigos, entró de contramano y lo atropelló nunca apareció; más tarde los testigos también se borraron. El abogado que tenía a cargo el caso nos hizo firmar un poder general (en ese momento firmás cualquier cosa), dado que el auto lo tiró bajo un camión, la aseguradora se hizo cargo: pagó una suma mínima; meses más tarde descubrí que, poder en mano, el abogado construyó su casa gracias a ese accidente. A la empresa donde trabajaba papá, y a pesar del mal comportamiento, preferimos no iniciarle demanda alguna. Perteneciente a otra generación, mamá decía que el viejo, que por entonces recién se había jubilado, era feliz en ese trabajo y no era justo iniciar una causa y perjudicar a personas que lo habían ayudado, también influyó el cansancio que estos peregrinajes causan. Supongo que a la familia de Reinaldo Rodas no le servirá ni siquiera de consuelo. Sin embargo, en cierta forma tuvieron “suerte” de ser embestidos por el hijo de un periodista reconocido. Contrariamente a lo que piensan hoy, es probable que por eso conserven alguna chance mínima de saber cómo murió (el valor de la difusión mediática); nosotros, igual que muchos de los que mueren todos los días, fuimos estafados, burlados, vejados por una catarata de mal nacidos, y al final del camino todos los involucrados siguen con su vida como si nada.