Opinión / 21 de marzo de 2013

El papa y la presidenta

Desde aquel momento en que el cardenal francés, Jean-Louis Touran, dejó boquiabierta  a la muchedumbre expectante que se había congregado en la Plaza San Pedro al informarle que un arzobispo latinoamericano llamado Jorge Mario Bergoglio sería el próximo papa, buena parte de la Argentina está celebrando la noticia por motivos que tienen más que ver con el orgullo nacional que con un muy poco probable renacer religioso. De repente, el país se llenó de papistas no sólo católicos sino también protestantes, musulmanes, judíos, umbandistas, agnósticos y ateos. En los diarios más importantes, todos opositores, aparecieron de golpe centenares de artículos acerca de las cualidades excelsas de Bergoglio que, por razones misteriosas, no habían llamado la atención antes de su elevación al pontificado. Casi todos coincidieron en que el hombre es un santo, que en adelante nada sería igual.

Demás está decir que los más contentos por lo que acaba de suceder han sido los hartos de la prepotencia kirchnerista. A su entender, el relato cada vez más extravagante de Cristina se ha visto desplazado por otro, de connotaciones universales, que es infinitamente más emocionante. En seguida, los neopapistas se pusieron a comparar “la sencillez” y “humildad” de Bergoglio con el amor por los accesorios costosos que se atribuye a Cristina y su honestidad personal con la corrupción festiva que ven en el entorno presidencial, a subrayar su voluntad nada kirchnerista de charlar amablemente con todos (y todas), sin excluir a los periodistas, y a acordarse de sus roces frecuentes con los Kirchner, además del desprecio evidente que sentía por el truculento estilo K.

También motivaron regocijo las divisiones que provocó en el oficialismo la transformación en sumo pontífice del hombre que según Néstor Kirchner actuaba como el “líder de la oposición”. Algunos que juran estar comprometidos con el proyecto de Cristina festejaron el triunfo de un compatriota. Otros se concentraron en denigrarlo, acusándolo de complicidad con el régimen militar y, lo que en opinión de ciertos incondicionales de la presidenta sería peor aún, de llevarse bien con personajes tan siniestros como Daniel Scioli y Mauricio Macri. Por un par de horas, pareció que los contrarios al nuevo papa impondrían su punto de vista en la Casa Rosada, pero, luego de pensarlo, la presidenta decidió que sería mejor resignarse a convivir con la realidad antipática.  No le será fácil. Mal que le pese a Cristina, ya es tarde para que simpatizantes a su parecer tan valiosos como Horacio Verbitsky y Horacio González modifiquen su postura hostil hacia el clérigo que, para su indignación, se ha erigido inesperadamente en el nuevo ídolo popular y, diría Borges si estuviera entre nosotros, en un pretexto irresistible para brindis patrióticos.