Sociedad / 21 de mayo de 2013

La vuelta a Telefe

El devaluado regreso de Susana Giménez

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Sueldo pesificado. Si bien su cachet rondaría el millón de pesos mensuales, Susana está lejos de ganar en dólares como en su época de oro.

Está domesticada”, contestó off the record un importante ejecutivo de Telefe cuando se le preguntó cuáles habían sido las exigencias de la diva para su vuelta a la pantalla del canal de las pelotas después de un año sabático. “¿Año sabático?”, siguió. “Bueno… cada uno lo define como quiere…”, confirmando los rumores sobre el rol periférico que hoy tiene Susana quien, más allá de su valor emblemático, ya no está en el top ten de los intereses a la hora de definir la programación anual. Aunque su contrato, que rondaría el millón de pesos mensuales más una participación del 50% en los PNT, parece indicar lo contrario, debemos considerar que en su momento de mayor esplendor –en la década del ’90–, Susana ganaba no menos de 500.000 dólares mensuales; o sea, la rubia recibe mucho pero está a kilómetros de distancia del pasado, en especial si tenemos en cuenta que, sumados todos su trabajos, Jorge Lanata le viene pisando los talones, hecho inédito en la televisión argentina: jamás un periodista político soñó siquiera arañar el salario de la diva telefónica.

Las estructuras están mutando rápido, y los divos se cuentan entre las primeras víctimas del sismo estelar. Aquellos días en que los popes del Telefe esperaban dos horas en el living de su mansión, temblando ante la posibilidad de que se fuera al El Trece o retrasara el debut, quedaron en el olvido. Si Marcelo Tinelli desanda caminos con las autoridades del Grupo Clarín, y Mirtha Legrand va por la vida asegurando que posee anunciantes propios (sinceridad no muy glamorosa), y que emitiendo los almuerzos desde un hotel se ahorrarían el decorado, a la pobre Su no le queda otra que poner las extensiones de las gemelas albinas en remojo. Ni siquiera pudo pelear demasiado el horario, sí le entendieron el punto del día a salir: la perspectiva de perder en rating con un señor que se mete adentro de una réplica de la bóveda presidencial la dejó al borde del ataque de pánico.

Parece que, a diferencia de otras temporadas, la diva telefónica no solo bajó sus pretensiones en cuanto a cachet, sino que resignó aspectos ligados a la producción, en concreto con todo lo relacionado a presencia de figuras internacionales y presupuesto asignado por programa, hasta abandonó su costumbre de filmar presentaciones monumentales, reemplazándolas por un corto en la chacra de su ex pareja Corcho Rodríguez, quien entre otros favores le prestó el helicóptero, todo disfrazado tras la máscara de Julio Bocca. También se mostró dispuesta a invertir dinero de su propio bolsillo (a manera de préstamo), con tal de cumplir su sueño: tener a Maradona durante la primera emisión de su show (ver recuadro). Porque embarazo incluido, la dupla Luciana Lopilato-Michael Bublé no la convencía del todo a la hora de dar un batacazo mortal que la posicione bien arriba desde el arranque. Claro que los escándalos desatados por el ídolo a su llegada, alentaron fricciones de último momento que ni la mano de Dios pudo controlar. El carácter fuerte de la diva dijo presente otra vez, y las negociaciones al pie del avión dieron paso a uno de sus típicos ataques de ira. Porque proceso de devaluación y todo, Susana sigue siendo una diva, amordazada por el miedo a quedar fuera de juego pero mito al fin, se mueve como los dinosaurios sorprendidos por la caída de ese meteorito gigante que los borró de la faz de la tierra: está dispuesta a cooperar aunque cada tanto larga un gruñido feroz que recuerda tiempos mejores. “Tanto nadar para morir en la orilla”, pensaron algunos de los que la rodean ni bien empezó a ladrar como en sus mejores épocas pidiendo por la presencia del Diez. Igual fue una tormenta de verano, enseguida recuperó la disciplina y se ubicó en el estrecho margen que le deja su nueva condición de mejor alumna. Sintetizando: está dispuesta a remar.

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