Opinión / 24 de mayo de 2013

tesis

Una tragedia argentina

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De haber nacido en 1920, digamos, no en 1925, Jorge Rafael Videla sería recordado por sus amigos y familiares como un militar bastante inofensivo, de personalidad chata, más o menos inteligente pero poco culto, que había subido por la burocracia castrense sin participar en guerra alguna hasta alcanzar el puesto de comandante en jefe del ejército para entonces, luego de desempeñar sus tareas con eficiencia adecuada, jubilarse como un vecino más. Pero a Videla le tocó encabezar el ejército justo cuando la Argentina se hundía en lo que amenazaba con ser una guerra civil feroz entre quienes se imaginaban destinados a llevar a cabo una revolución de características entre fascistas y castristas por un lado y, por el otro, los decididos a luchar contra ellos en nombre ya de un statu quo frágil, ya de ciertas tradiciones peronistas, como en el caso de los sicarios de la Triple-A que se creó con la aprobación del presidente Juan Domingo Perón.
Ha sido tentador atribuirle a Videla la transformación de las Fuerzas Armadas en organizaciones terroristas que hicieron suyo el siniestro código de valores, y por lo tanto de conducta, de la Triple-A, Montoneros y una plétora de agrupaciones violentas que combinaban distintas variedades del marxismo y del peronismo, pero era un hombre del sistema, no un ideólogo innovador.
En aquellos años lúgubres, solo un militar de carácter muy fuerte, uno dotado de carisma avasallante que se aferrara a lo que aquí suelen llamarse los valores sanmartinianos, hubiera podido convencer a sus camaradas de que sería un error no meramente ético sino también político combatir el terrorismo sin apartarse de la ley. De más está decir que Videla no lo era. Como tantos otros, fue producto del ambiente en que se formó. Si bien era el líder formal del Proceso, es legítimo compararlo con individuos como Adolf Eichmann, estos burócratas concienzudos que sirven a las tiranías sin permitirse debilidades sensibleras que harían más difícil su trabajo y pondrían en duda su lealtad hacia la causa en que militan. Tales sujetos abundan en todas partes; si no fuera por ellos, los nazis, comunistas y otros no pudieran haber asesinado a decenas de millones de personas.

En una región que ha sido pródiga en dictadores pintorescos, mujeriegos extravagantes cuyas peripecias cautivarían a sus compatriotas y, a pesar de su crueldad, les asegurarían su apoyo, Videla fue una excepción. Se pareció más a un oficinista que a un caudillo. Era vox populi que otros generales y muchos coroneles, para no hablar del ambicioso almirante Emilio Massera que sí se creía destinado a ser un caudillo carismático, lo despreciaban. Lo consideraban un blando. Así y todo, fue precisamente por su falta de glamour que Videla pudo congraciarse con buena parte de la ciudadanía. La mayoría lo tomaba por un hombre “normal”, pero sucede que las circunstancias reclamaban uno decididamente “anormal” conforme a las pautas imperantes.
Por fortuna, a Videla y sus cómplices no se les ocurrió celebrar un referéndum en las semanas que siguieron al golpe de marzo de 1976; de haberlo hecho, los resultados seguirían motivando angustia entre quienes quisieran creer que solo una minoría minúscula estuvo a favor del “proceso” militar que reemplazó al gobierno extraordinariamente inepto de Isabelita Perón. En los días que siguieron a su muerte, muchos dieron a entender que Videla los había engañado, que de haberse enterado de lo que sucedía en el país hubieran protestado contra la violación sistemática de los derechos humanos fundamentales. Quisieran olvidar que en aquella etapa pesadillesca, cuando todos los días cayeron asesinados personajes conocidos, pocos realmente creían que hubo una alternativa a la “mano dura”, cuando no al “paredón” que tantos reclamaban.
¿Procuró Videla disciplinar a los “dementes” que, según los voceros del régimen, perpetraban atrocidades sin hacer el menor esfuerzo por ocultarlas con el propósito aparente de forzar al régimen a ser aún más sanguinario? Es posible; le importaban las apariencias. Pero, por temor a las consecuencias de una eventual ruptura del frente “monolítico” militar o por suponer que era su deber corporativo brindar la impresión de estar al mando de la máquina terrible de la que no era más una pieza, nunca trató de frenarla. ¿Ordenó a sus subordinados liquidar sin piedad, por los medios que fueran, a todos los presuntos subversivos? Puede que sí, que desde el inicio de la guerra sucia Videla haya creído que, dadas las circunstancias, no había más opción que la de hacerlos “desaparecer”, aunque es más probable que sus asesores, adoctrinados por veteranos de la represión colonial francesa en Argelia, lo convencieran de que era la forma moderna de actuar frente a los brotes terroristas.

De todos modos, a casi 40 años de aquel golpe militar, es fácil suponer que, de no haber sido por el salvajismo de Videla y los demás jefes castrenses, hombres de mentalidad nada argentina, el país hubiera encontrado una salida indolora de la tremenda crisis en que se debatía, que los miles de terroristas hubieran depuesto sus armas porque en el fondo eran demócratas que entendían que siempre es mejor dialogar que asaltar cuarteles, secuestrar para “ejecutar” a militares jubilados, asesinar a policías, empresarios, políticos, sindicalistas y otros. ¿No es que eran idealistas, tal vez equivocados pero en el fondo buenos?
Por desgracia, se trata de una fantasía. En 1976, cualquier gobierno, fuera militar o civil, tuvo que reaccionar frente al desafío planteado por el terrorismo mesiánico. Para hacer aún más peligrosa la situación, no era irracional del todo sospechar que, de apoderarse del país los montoneros y sus aliados leninistas, el destino de la Argentina se asemejaría a aquel de Camboya donde el Khmer Rouge de Pol Pot, de ideas no tan distintas de las reivindicadas por ciertos revolucionarios locales, asesinaba con brutalidad inenarrable a centenares de miles de personas. En la Argentina del siglo XXI, parece inconcebible que bandas nutridas de jóvenes, muchos de ellos universitarios, pudieran proponerse emular las hazañas truculentas de los comunistas asiáticos, o del icónico Ernesto “Che” Guevara, que se ha visto convertido póstumamente en símbolo del amor humanitario, pero es comprensible que en la Argentina de los fatídicos años setenta del siglo pasado algunos lo hayan creído factible.
En retrospectiva, parece indiscutible que los militares exageraban groseramente las dimensiones del desafío terrorista para justificar el empleo de métodos brutales. Los contrarios a “la guerra contra el terror” que libró el gobierno norteamericano de George W. Bush, y que continúa bajó Barack Obama que no vacila en usar aviones no tripulados, drones, contra los guerreros santos del islam, sin preocuparse demasiado por los “daños colaterales”, suelen decir lo mismo del giro que ha tomado la estrategia de Estados Unidos. La diferencia, si la hay, consiste en que los enemigos masacrados por los drones son extranjeros, mientras que en la Argentina la lucha era fratricida. Aunque los militares pueden señalar que triunfaron en la guerra sucia merced a la “metodología aberrante” que adoptaron, fue en gran medida debido a ella que, andando el tiempo, sufrirían una derrota contundente de la que el “partido militar” no pudo recuperarse.

Tendrían mejor suerte los “políticos civiles” que, claro está, son insustituibles e imprescindibles. En los años que precedieron al golpe de 1976, los líderes democráticos más representativos se sentían desbordados por la violencia y se resistían a asumir la responsabilidad ingrata de combatirla, razón por la que entregaron el bulto a las Fuerzas Armadas para que solucionaran el problema con los consabidos métodos militares. De tal manera, optaron tácitamente por la ilegalidad.
Al fin y al cabo, si en zonas de conflicto los militares de los países democráticos raramente cometen crímenes como los que fueron perpetrados de modo rutinario por sus equivalentes argentinos en el transcurso del Proceso, es porque saben que tendrán que rendir cuentas ante sus jefes civiles que, por su parte, comprenden que su propio futuro dependerá de la evolución de la opinión pública. En una ocasión, Carlos Pellegrini advirtió que “el ejército es un león que hay que tener enjaulado para soltarlo el día de la batalla”: quienes por resignación, temor o cálculo permitieron que las Fuerzas Armadas se apropiaran del sumo del poder, hicieron un aporte enorme a la tragedia que fue el Proceso militar.
Libres de la supervisión civil, todos los ejércitos –el norteamericano, los europeos, todos– degenerarían muy pronto en versiones de la SS hitleriana, sobre todo si los comandantes están convencidos de que una derrota tendría consecuencias terribles para su país, su propio sector social o ellos mismos. Mal que les pese a muchos, es escapista achacar la “guerra sucia” a nada más que la perversidad de militares determinados. Antes bien, fue la consecuencia lógica de la negativa del grueso de la clase política a asumir responsabilidades que son indelegables en un momento en que estaba de moda pensar en términos “revolucionarios” o “contrarrevolucionarios” y la cultura de la muerte fascinaba a intelectuales prestigiosos, entre ellos novelistas y poetas, no solo aquí sino también en el resto del planeta.

* PERIODISTA y analista político, ex director de “The Buenos Aires Herald”.