Opinión / 20 de junio de 2013

El país de los trenes chocadores

Ilustración: Pablo Temes.

En el mundo mágico del kirchnerismo, el tiempo puede apurar su marcha o frenarse según la voluntad de la jefa todopoderosa. Es maravillosamente flexible. Todo depende de las circunstancias. Así, pues, aunque Cristina se ufana de habernos regalado una “década ganada”, dando a entender que, gracias a su propia gestión y al aporte de su marido que se sacrificó por la Patria, la Argentina ha disfrutado de una etapa prolongada de prosperidad creciente y justicia social para todos y todas, a menudo habla como si su gestión apenas hubiera comenzado y que por lo tanto sería terriblemente injusto atribuirle cierta responsabilidad por las muchas lacras nacionales que todavía persisten. Para reparar los daños provocados por los militares, radicales y menemistas, insinúa, necesitaría contar con varias décadas más.

No las tendrán. Si bien Cristina aún conserva la lealtad de millones de personas, la mayoría muy pobre, que conforman su clientela electoral, el país está alejándose del kirchnerismo que no tardará en verse depositado, al lado del menemismo, en el basural de la historia. Al difundirse la sensación de que al Gobierno de la señora no le será nada fácil llegar intacto a diciembre de 2015 y que, aun cuando lo logre, no podría mantenerse en el poder un día más, en las profundidades del fangoso maremágnum político están gestándose diversas alternativas, casi todas peronistas. De estas, la considerada más promisoria es la representada por el intendente tigrense Sergio Massa, acaso porque nadie sabe muy bien lo que tendría en mente.

Como sucedió hace algunos años a Carlos Reutemann, otro dueño de sus silencios y afirmaciones enigmáticas, Massa, se lo habrá propuesto o no, se ha visto beneficiado por las ilusiones de millones de hombres y mujeres que, según las encuestas, estarían dispuestos a votarlo; con razón o sin ella, ven en él un político capaz, moderado, dialoguista y, según las pautas imperantes, honesto. Daniel Scioli y Mauricio Macri esperan que Massa resulte ser una estrella fugaz, como tantas otras que en distintos momentos han cruzado el firmamento político nacional para entonces extinguirse sin dejar rastro, pero los dos corren peligro de ser víctimas del tiempo porque en la imaginación colectiva pertenezcan a la “década ganada”, y por lo tanto pasada, que fue protagonizada por el kirchnerismo, una década que muchos querrán consignar al olvido cuanto antes.

Néstor Kirchner y Cristina sembraron muchos vientos; a esta le ha tocado recoger las tempestades. Día tras día soplan con mayor violencia, derribando las defensas precarias proporcionadas por aquel “relato” cada vez más patético que fue inventado por el colectivo nac y pop a fin de legitimar los atropellos de un gobierno que de progresista no tiene nada. No solo se trata de la corrupción impúdica que es típica de quienes “van por todo” y suponen que, por ser “revolucionarios”, les es dado pisotear reglas apropiadas para gente de pretensiones más modestas, sino también de la ineptitud apenas concebible que ha sido una de las características más llamativas de la gestión de una presidenta que es tan insegura de si misma que, además de rodearse de mediocridades incondicionales, ha aplicado el principio de dividir para reinar en todas las reparticiones gubernamentales.

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