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Opinión / 26 de julio de 2013

Chevron, Chevron, qué grande sos

Empetrolados. Los kirchneristas no pueden explicar la contradicción de haber expropiado YPF para terminar beneficiando a una compañía estadounidense.

Ilustración: Pablo Temes.

Dijo una vez el norteamericano Irving Kristol que un neoconservador es un progre que ha sido asaltado por la realidad; como el ex trotskista sabía muy bien, los miembros más destacados de la cofradía en que militaba habían iniciado su periplo ideológico como revolucionarios marxistas. Lo mismo podría decirse de aquellos kirchneristas que, en palabras de Axel Kicillof, pasaron “de chavistas a vendepatrias en un día” al colmar de privilegios a la petrolera yanqui Chevron para que celebrara un matrimonio de conveniencia con YPF. Por mucho que les cueste entenderlo, para que “el modelo” se mantenga a flote, la tripulación tendrá que echar por la borda los anticuados motores populistas que han dejado de funcionar y remplazarlos por otros más modernos, o sea, más “neoliberales”. Es lo que hicieron hace mucho los socialdemócratas en Europa y los comunistas en China; para indignación de los ingenuos, cuando el voluntarismo se estrella contra los hechos, estos suelen imponerse.

Como no pudo ser de otra manera, opositores de todos los pelajes, izquierdistas y derechistas, fanáticos del estatismo y defensores, por lo común vergonzantes, de la libre empresa, aprovecharon la oportunidad brindada por el convenio con Chevron para ensañarse con los kirchneristas. Mientras que algunos los acusaron de entregar la sacrosanta soberanía hidrocarburífera a una corporación imperialista para que se pusiera a destruir el medio ambiente patagónico, llenándolo de agujeros y contaminando el agua, otros se burlaron de la hipocresía de quienes habían tomado la expulsión de los españoles de Repsol por una gesta libertadora, además de quejarse por la falta de transparencia del acuerdo, ya que al gobierno de Cristina no se le ocurrió convocar a una licitación internacional, como corresponde en casos como este.

El pacto con Chevron que, según parece, contiene cláusulas que el Gobierno no quiere revelar y estará bajo jurisdicción francesa, se asemeja mucho a las privatizaciones de la década que fue ganada por el menemismo; es desprolijo, poco equitativo, puesto que para el socio extranjero es una ganga, y con toda seguridad motivará su cuota de escándalos en los años venideros. Con todo, tanto en los años noventa del siglo pasado como en la actualidad, un gobierno argentino deseoso de acceder a capitales y, si tiene suerte, a know-how extranjero, no tenía más alternativa que la de firmar acuerdos que en otras latitudes serían apenas concebibles.

Tan mala es la reputación del país, y tan ajena le es la noción de la seguridad jurídica –un concepto horrible, a juicio de Kicillof–, que para seducir a inversores foráneos que están en condiciones de hacer un aporte significante a la economía, el Gobierno tiene forzosamente que ofrecerles beneficios extraordinarios. De lo contrario, hasta los empresarios petroleros, personas que no temen operar en países como Afganistán que están convulsionados por guerras perpetuas, irán con sus dólares a lugares que les parecen más hospitalarios. En los Estados Unidos, algunos escépticos ya sospechan que Chevron ha sido víctima de una estafa pero, puesto que hasta ahora solo ha prometido invertir monedas, aun cuando terminara mal, la aventura no le costaría mucho.