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Opinión / 2 de agosto de 2013

Francisco frente a un mundo turbulento

Bergoglio. Tras su exitosa visita a Brasil, el jefe del Vaticano debe afrontar los cuestionamientos internos por su reformismo.

Ilustración: Pablo Temes.

El papa Francisco dice que le gustaría poder salir de la “jaula” vaticana y pasear por la calle, como hacía Jorge Bergoglio en tiempos idos, pero, como sabe muy bien, ser el Sumo Pontífice tiene sus privilegios. Uno consiste en que hasta sus palabras más banales son festejadas por multitudes que ven en ellas evidencia de sabiduría supernatural. Si un político en campaña –o un obispo porteño–, nos asegura que la realidad puede cambiar, que la corrupción, la pobreza, la exclusión y la droga son malas pero que no hay que desanimarse y así por el estilo, a nadie le llamaría la atención, pero cuando el Papa habla así sus admiradores dicen que se ha erigido en el líder de una especie de revolución espiritual destinada a transformar el mundo.

Asimismo, si bien Francisco sorprendió a muchos al preguntarse, con la humildad apropiada, “¿Quién soy yo para juzgar a los gay?”, afirmó basarse en el “catecismo de la Iglesia Católica” que, dijo, apunta a “integrarlos en la sociedad”. Es de suponer, pues, que cuando de la ética sexual se trata, Francisco –lo mismo que Bergoglio– es en el fondo un tradicionalista: compadecerá con los que a su juicio son pecadores pero que así y todo “buscan al Señor”, sin por eso condonar el pecado.

Aunque de acuerdo común, Francisco es “carismático” porque habla con sencillez, desprecia el lujo y por su mera presencia convoca a muchedumbres que motivarían la envidia de cualquier estrella del rock, no le será nada fácil impedir que la Iglesia Católica se convierta en “una ONG”, o un club para quienes toman en serio las lucubraciones teológicas y sienten nostalgia por rituales milenarios. En Europa, el hedonismo laico ya la ha reducido a un culto de influencia menguante en países antes renombrados por el fervor de los fieles, un retroceso que se ha visto impulsado últimamente por una serie al parecer interminable de escándalos protagonizados por pedófilos clericales. Asimismo, a pesar de la hostilidad eclesiástica hacia lo que Francisco califica del “dios dinero”, los banqueros del Vaticano han resultado ser tan corruptos como sus homólogos de otros credos.

¿Incidirá la prédica vehemente de Francisco, y de sus antecesores pontificales, a favor de la justicia social, la equidad y la inclusión de los pobres, y en contra de la corrupción estructural, en la evolución de los países de mayoría nominalmente católica? Es poco probable. Por las razones que fueran, las sociedades que se ajustan mejor al ideal reivindicado por los papas son las protestantes del Norte de Europa o, en lo que concierne a la equidad económica, las “confucianas” de Asia Oriental. En cambio, los países latinoamericanos, comenzando con Brasil, están entre los más desiguales y corruptos del mundo entero. Puesto que hasta hace muy poco, la Iglesia Católica siempre había desempeñado un papel cultural y educativo preponderante, a menudo casi monopólico, en la región, es legítimo suponer que ha hecho un aporte muy grande a esta realidad a primera vista paradójica. ¿Le preocupa a Francisco el que hayan brindado resultados decididamente magros todas las muchas exhortaciones episcopales y papales para que los gobernantes, empresarios y otros cambien su forma de actuar? Parecería que no.

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