Política / 9 de agosto de 2013

EL MAYOR DESVELO DE CFK

El duro aprendizaje de ser pasado

Le quedan 28 meses. Sus dos opciones: un sucesor “puro” para perder y volver, o uno “impuro” como Scioli para ganar y no volver. El síndrome de Hybris y la tentación de apostar por el caos.

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La tenacidad le nace de su profundo apego al poder. Es justamente lo que pone en juego Cristina Fernández, a cada rato, todo el tiempo. Algunos opositores confunden la cuenta regresiva de sus dos últimos años de mandato con un desalojo progresivo (o vaciamiento) del poder. Y no es así: la Presidenta, hasta ahora, compite por su poder actual y la gobernabilidad futura. No deja espacio sin ocupar. A 72 horas de las elecciones primarias, por ejemplo, tenía que estar sí o sí en Rosario y acompañar el dolor de las víctimas de la trágica explosión de gas. Supervisar la tarea de los rescatistas.

Lanzar líneas de créditos hipotecarios y préstamos para la restitución de muebles y pertenencias personales. Compartir el dolor con los heridos y acongojarse junto a los familiares de los desaparecidos que podrían estar bajo los escombros. Había llegado de Nueva York el miércoles 7 a las diez de la mañana y aterrizaba en Rosario a las dos de la tarde. Cristina jugó y arriesgó: tuvo que soportar los abucheos de un sector de vecinos indignados, pero también saludó con la mano en alto a otro grupo que la aplaudía alentado por militantes de La Cámpora. Estuvo en el sanatorio Parque y se encerró dos horas con el gobernador radical Antonio Bonfatti, la intendenta Mónica Fein y el secretario Sergio Berni para coordinar la asistencia. Firmó el decreto de duelo nacional y ordenó al gobernador Daniel Scioli y al senador Daniel Filmus cancelar las actividades proselitistas del Frente para la Victoria, incluido el cierre que tenía previsto en el teatro Coliseo.

Cristina volvió a ocupar el centro excluyente de la escena como la gran protagonista, la única. La que toma decisiones y está más cerca de la gente. ¿Qué fue? ¿La utilización de la tragedia como mensaje de campaña? ¿O la demostración solidaria, casi obligatoria, de un jefe de Estado con el dolor y con la ayuda de las víctimas (gesto que, sin embargo, mezquinó en el pasado ante dramas semejantes). Más allá de las interpretaciones, se impone ella, una mujer ambiciosa y tenaz a la que le quedan 28 meses para pensarse como ex presidenta. Y aceptar el crudo mandato constitucional de “ser pasado”. Es dura la realidad de los líderes fuertes. Sus triunfos, por grandes que sean o parezcan, terminan en eso, un adiós.

A PLAZO FIJO. Hace cuatro meses, el 3 de abril, la Presidenta también tiró un cable a tierra. Había descendido en helicóptero en su ciudad natal, Tolosa, en la provincia de Buenos Aires, en medio de la catástrofe provocada por la inundación. Esa vez había tenido que discutir ante otros vecinos doloridos y demandantes. Le tiró las responsabilidades por la cabeza al gobernador Scioli y a las autoridades bonaerenses y exceptuó a los organismos nacionales. Pero, paradójicamente, las imágenes de esa incursión presidencial formaron parte de los spots de campaña de Martín Insaurralde cuyo principal sponsor en la provincia es precisamente Scioli –antes “tibio” y especialista en “mirar para otro lado”–, que vive ahora un renovado idilio político con Cristina.

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El duro aprendizaje de ser pasado