Opinión / 3 de septiembre de 2013

EE.UU. y Siria: el mundo es una zona liberada

Cuando Barack Obama se instalaba en la Casa Blanca, tanto él como muchos otros creían que, por deberse casi todos los problemas del mundo musulmán a la agresividad imperialista de George W. Bush, la mejor forma de solucionarlos consistiría en hacer lo menos posible salvo pronunciar algunos discursos humildes en que criticó con vehemencia a lo hecho en el pasado por su propio país. Las consecuencias de tanta ingenuidad ya están a la vista. Al anunciar el gendarme internacional que deseaba jubilarse, el mundo empezó a parecerse cada vez más a una zona liberada.

Desde el norte de Nigeria hasta los confines orientales de Afganistán, para no hablar del sur de Filipinas y los enclaves islámicos de Europa, una multitud de guerreros santos se han puesto a aprovechar lo que toman por la debilidad irreversible del Occidente, asesinando, con brutalidad aleccionadora, a quienes se niegan a someterse a su propia versión de la única fe verdadera.

No existen motivos para suponer que se trate de nada más que una etapa acaso complicada pero así y todo breve en la marcha hacia la democracia liberal y el desarrollo económico que fue prevista por los entusiasmados por el inicio de “la primavera árabe”. Lo más probable es que resulte ser el comienzo de una inmensa tragedia, del hundimiento en un océano de sangre de una serie de sociedades superadas por el desafío que les ha planteado la modernidad inexorable en un mundo que está haciéndose cada vez más “competitivo”.