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Opinión / 3 de septiembre de 2013

EE.UU. y Siria: el mundo es una zona liberada

En un país tras otro, en Nigeria, Libia, Egipto, Yemen, Irak, Afganistán, Pakistán y, claro está, Siria, pocos días transcurren sin que mueran docenas, a veces centenares, de personas en matanzas sectarias o atentados terroristas. Los gobiernos de Estados Unidos, el Reino Unido y Francia, horrorizados por lo que está sucediendo en regiones que habían dominado hasta hace muy poco, quisieran intervenir para restaurar un simulacro de normalidad, pero, salvo en países poco poblados y por lo tanto no muy riesgosos como Malí, son reacios a enviar tropas.

Prefieren mantener cierta distancia, como hicieron cuando pulverizaron a los leales al extravagante tirano libio Muammar Khaddafi, de ahí el uso de drones en Yemen, Afganistán o las zonas tribales de Pakistán, y la decisión de emplear misiles “quirúrgicos” en Siria para castigar, pero no para derrocar, al dictador Bashar al-Assad por haber empleado armas químicas contra civiles, cruzando así una de las muchas “líneas rojas” trazadas por los norteamericanos, británicos y franceses.

A Obama no le ha gustado para nada asumir un papel que es virtualmente idéntico al desempeñado en su momento por Bush. Puede que entienda que es, por decirlo de algún modo, “eurocéntrico”, atribuir todo cuanto ocurre en el mundo a la maldad occidental, ya que otros pueblos también se sienten protagonistas de la historia y son plenamente capaces de cometer delitos de lesa humanidad por sus propios motivos, pero, lo mismo que sus homólogos europeos, el presidente norteamericano ha llegado a la conclusión de que las circunstancias lo obligan a actuar. Al fin y al cabo, es líder de una “superpotencia”.