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Opinión / 3 de septiembre de 2013

EE.UU. y Siria: el mundo es una zona liberada

Es factible que, de haber intervenido hace un par de años con fuerzas adecuadas en Siria, Estados Unidos y sus aliados hubieran podido impedir una catástrofe que ya ha costado más de 100.000 vidas y la transformación en refugiados de aproximadamente dos millones de personas, pero la verdad es que nunca hubo la menor posibilidad de que actuaran así antes de que el desastre se hiciera evidente. En cuanto a la política minimalista de medidas punitorias destinadas a asegurar que nadie emplee las llamadas armas de destrucción masiva, a lo sumo servirá para mostrar que los viejos leones imperiales distan de ser tan impotentes como muchos se han convencido, aunque también podría provocar una reacción airada por parte de los padrinos rusos y, lo que sería más peligroso aún, iraníes de Al-Assad.

Mientras que los estadounidenses y europeos tratan de decidir lo que les convendría hacer en Siria y rezan para que Egipto no se vea desgarrado por una guerra civil todavía más sanguinaria, los teócratas de Irán siguen impulsando su programa nuclear que, de no frenarlo a tiempo Estados Unidos o Israel, pronto les proporcionará el arsenal atómico chiíta con el que sueñan desde hace décadas.

Luego del colapso de la Unión Soviética, los dirigentes occidentales, tanto conservadores como progresistas, se las ingeniaron para persuadirse de que en adelante todos los pueblos lograrían convivir en paz en un clima de tolerancia mutua. Tal ilusión siempre fue poco realista. Aunque los norteamericanos, después de la debacle en Vietnam y la truculenta posguerra de Irak, sienten aversión a las aventuras bélicas en lugares remotos, y los europeos no se han recuperado del trauma que fue provocado por el nazismo, en otras partes del planeta muchos continuaban resistiéndose a abandonar sus ambiciones y modalidades tradicionales.