Menú
Opinión / 27 de septiembre de 2013

En los brazos de mamá Angie

merkel. La canciller alemana logró su reelección y sigue siendo la dirigente más poderosa de Europa.

Mientras que en países como Grecia, España, Italia y Portugal, muchos ven en Angela Merkel una mujer cruel y calculadora que, según ellos, está más interesada en los malditos números que en la gente, en Alemania la mayoría quiere tanto a su “Angie” que la llama “Mutti”, o sea, “mamá”.

De haberse celebrado elecciones presidenciales el domingo pasado, mamá Angie pudiera haber triunfado por un margen aún más impresionante que el anotado aquí por Cristina hace apenas dos años, ya que, según las encuestas, el 70 por ciento aprueba su gestión pero, desgraciadamente para “la mujer más poderosa del mundo”, sólo se trataba de legislativas, de suerte que el Partido Demócrata Cristiano que domina tuvo que conformarse con poco más del 41 por ciento de los votos.

Por lo demás, merced en buena medida a la popularidad de Merkel, se hundió el Partido Demócrata Liberal de sus socios en el gobierno, obligándola a negociar con los socialistas o, tal vez, verdes, a fin de formar una coalición, una necesidad que podría darle dolores de cabeza en las semanas próximas.

La aversión que sienten por Merkel en la atribulada franja mediterránea de la Unión Europea se debe a su negativa firme a subsidiar, con el dinero aportado por los contribuyentes alemanes, un orden sociopolítico y económico que en su opinión, y la de la mayoría de sus compatriotas, ha dejado de ser viable en el mundo globalizado y cada vez más competitivo que nos ha tocado.

Desde el punto de vista de quienes le están reclamando más “flexibilidad”, más respeto por las entrañables costumbres locales, más compasión por los pobres y, huelga decirlo, más plata, mamá Merkel desempeña un papel que es muy parecido a aquel del FMI en la demonología populista argentina. Figura como la culpable máxima de todos los males de países cuyas elites se aferran con tenacidad al statu quo al que se han habituado.