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Blogs / 29 de septiembre de 2013

Vengan de a uno

La situación jurídica de los activistas de Greenpeace presos en Rusia: ¿héroes ambientalistas o delincuentes internacionales? La controversia que nadie se toma la molestia de explicar.

Cinco gomones salieron desde el barco de Greenpeace y se dirigieron hacia la plataforma petrolera Prirazlomnaya, en el mar Ártico.

El atentado de Al Qaeda contra las Torres Gemelas cambió el mundo. El tristemente célebre 11-S tuvo muchas consecuencias más allá de la destrucción y las muertes. A nivel de política internacional, le dio luz verde a George W. Bush para iniciar su “guerra contra el terror”, con las invasiones, muertes y abusos que esto implicó. En una nota más frívola quizás, en el imaginario popular argentino, el ataque a New York llegó a cambiarle el significado a una fecha que antes era solo el Día del Maestro.

Pero, además, a partir de esta tragedia, se reescribieron muchísimas normas de seguridad en el transporte, para evitar que una cosa así se repitiera.

Un guardacosta ruso muestra un cuchillo de forma amenazante a los activistas de Greenpeace.
Un guardacosta ruso muestra un cuchillo de forma amenazante a los activistas de Greenpeace.

Los viajeros frecuentes saben de qué se trata: hay que descalzarse en muchos aeropuertos del mundo, la portación de cara (de musulmán) es presunción de delito en medio planeta, ya no se puede pedir permiso para visitar la cabina de un Boeing y una aguja para tejer crochet es considerada un arma letal que no sobrevive a ninguna inspección, entre otras reglas. Pero hay algo que pocos saben, y es que las normas de seguridad en materia de antiterrorismo no solo se escribieron para los aeropuertos.

En el año 2004, la Organización Marítima Internacional (órgano de las Naciones Unidas) promulgó el Código de Protección de Buques e Instalaciones Portuarias, que establece protocolos para evitar ataques terroristas contra embarcaciones mercantes, terminales portuarias y plataformas petroleras. Cada uno de los afectados por el código desarrolla, en función a los lineamientos de la norma, su manual de procedimientos en caso de un ataque. Este manual es auditado y aprobado para su aplicación.

El 22 de septiembre, el buque de Greenpeace “Arctic Sunrise” (un oceanográfico con casco reforzado para navegación antártica) fue cabeza de una operación de protesta contra una plataforma de la compañía estatal rusa Gazprom en el Mar de Barents. Sin autorización -por supuesto, si no, no tendría gracia- intentaron escalar la instalación, seguramente para colgar banderas, una acción habitual en la tradición de los ecologistas más ruidosos del mundo.

Técnicamente, constituye una violación del perímetro de la instalación portuaria, según el código internacional en vigencia.

Activistas de la ONG Greenpeace escalan una plataforma petrolera en el Ártico ruso
Activistas de la ONG Greenpeace escalan una plataforma petrolera en el Ártico ruso

Los rusos suelen ser bastante reservados con respecto a estas cosas y nunca explicaron qué hicieron ni por qué. Pero cierta familiaridad con el código en sí y sus procedimientos permite adivinar que pasó: ante el intento de abordaje no autorizado, se tomaron las medidas de seguridad normales, incluyendo repeler la acción externa utilizando agua a presión, lanzada con el equipamiento anti-incendios. Un “arma” eficiente y que, salvo rarísimas excepciones, no resulta letal. Para el caso, exactamente lo mismo que hacen los buques de carga cuando cruzan aguas somalíes y son atacados por piratas: defenderse con chorros de agua a presión.

Hasta aquí, nada que se salga de los manuales ni rompa las reglas. Pero, durante el incidente, se hace presente la prefectura rusa, que logra acercarse y dispara con armas de fuego. Son solo tiros de advertencia, intimidatorios. Pero disparan, ya no con gigantescas pistolas de agua, sino con artillería de verdad. Inmediatamente después -aún cuando hay un reclamo de que estaba en aguas internacionales- arrestan al “Arctic Sunrise”, lo obligan a proceder al puerto de Murmansk y se llevan detenida a toda la tripulación, incluyendo a los dos argentinos cuyo encarcelamiento provoca tanta indignación en la prensa local y en la clase media bienpensante.

Visto a la distancia, lo que hizo el personal de la plataforma tiene todo el sentido del mundo: siguió el Código de Protección de Buques e Instalaciones Portuarias para repeler una violación de seguridad. Visto a la misma distancia, lo que hicieron las autoridades rusas -al menos hasta donde se sabe- es jurídicamente cuestionable y requerirá de esclarecimiento.

Pero lo que no se puede negar es que la tripulación de “Arctic Sunrise” cometió una violación concreta a normativas internacionales aprobadas por las Naciones Unidas. Y, por eso, corresponde el arresto hasta que las autoridades que tengan jurisdicción decidan si hubo en efecto un delito y si corresponde una pena de prisión, una multa o solo un reglazo en los dedos acompañado por un “nene malo, nene malo, eso no se hace”.

Podemos discutir toda la vida -acá, donde somos todos valientes, o en los fueros internacionales- si hubo un exceso por parte de la prefectura rusa. Una vez que la justicia se expida al respecto, podemos discutir también si la pena fue acertada o excesiva, y hasta apelarla por donde corresponda. Pero, por noble que sea la causa y por mucho que nos provoque empatía el hecho de que haya compatriotas involucrados, no podemos ni debemos olvidarnos que hubo un hecho delictivo.

Proteger el medio ambiente está muy bien. Violar leyes internacionales no.

Y Greenpeace viola leyes.

Punto.

Ahora sí, vengan de a uno.

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