Opinión / 18 de octubre de 2013

Escenas de camporismo explícito

Por qué provocó tanto revuelo aquel pequeño drama, a primera vista insignificante, que cambió para siempre la vida del joven Cabandié.

Máximo K. El hijo de Cristina sufre los papelones de Cabandié y de otros subalternos de La Cámpora.

Toda elite –militar, social, política, económica, sacerdotal, intelectual, da lo mismo– necesita pertrecharse de razones supuestamente irrefutables, pero a menudo absurdas, que sirven para justificar su supremacía. Los aristócratas tradicionales, es decir, “los mejores”, atribuían su preeminencia a las hazañas truculentas de sus antepasados; durante siglos, el relato funcionó muy bien.

Algunos kirchneristas sueñan con emularlos. Quieren que la sociedad entienda que los descendientes de guerrilleros cuentan con el equivalente de un título de nobleza. Pero, como acaba de enterarse el diputado porteño Juan Cabandié, fuera de ciertos círculos gubernamentales, escasean los dispuestos a rendirles el homenaje que creen merecer.

Desgraciadamente para aquellos militantes kirchneristas que se las han ingeniado para sacar provecho de su condición de víctima hereditaria de la dictadura más reciente, la gente, esta versión aburguesada del “pueblo” de épocas más heroicas, quiere un nuevo relato que no los incluya. Por este motivo provocó tanto revuelo aquel pequeño drama, a primera vista insignificante, que cambió para siempre la vida del joven Cabandié: muchísimas personas ya se sentían tan hartas de la prepotencia de quienes se imaginan miembros vitalicios de una nueva clase gobernante y que no vacilan en maltratar a sus presuntos inferiores que el episodio pronto desplazó la enfermedad de Cristina en las tapas de los diarios independientes y en los noticieros televisivos.